- domingo 12 de julio de 2026 - 12:00 AM
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Agrega El Siglo en Google ↗️Esta historia sucedió en una de las costas de Panamá hace mucho tiempo, en un pequeño faro, ataviado con el paso de los años. Sus pisos y paredes crujían con cada ola que golpeaba sus cimientos. En su época de gloria era un faro impresionante que guiaba a centenares de barcos que por allí surcaban sus lares, pero el tiempo no perdona y sigue para todos de la misma forma.
Su cuidador, un hombre joven con fuerzas y ánimos por la vida, mantenía viva cada parte del viejo faro; era el alma de aquella estructura.
Una noche en medio de una tormenta, el viejo faro no quería ponerse en marcha ni sus luces encender; la brisa arreciaba con tanta fuerza que aquel viejo faro parecía venirse abajo.
Aquel hombre intentó poner andar el faro, pero este no respondía. Con un torrencial aguacero y una noche oscura, el viento parecía decir cuán trágico sería aquel final de ambos y aquellos barcos que sin rumbo en alta mar estaban.
El hombre cayó de rodillas sin fuerzas. Le habló en voz baja al faro y el generador dio un gran estruendo, como diciéndole al viento: “Aquí estoy, aun con fuerzas, no me daré por vencido aún”. Este, como por magia, encendió todas sus luces, revelando así la enorme tormenta. El hombre pareció adivinar esa frase, dio un salto y de la misma forma se levantó.
Sus luces llegaron tan lejos que todos a kilómetros podían verlas. Gracias a la valentía de aquel joven, que era su espíritu, y la fuerza del viejo faro, los barcos pudieron salvarse.
“Que la pasión te insista a ser más fuerte cada día”.
El tiempo nos alcanza a todos y muchas veces nos sentimos viejos, cansados y sin fuerzas, con ganas de rendirnos, pero nuestro espíritu siempre joven nos impulsa a dar el siguiente paso día a día; con solo dar un paso ya estamos avanzando.