- miércoles 27 de febrero de 2019 - 12:00 AM
DESPEDIDA
La muerte de Guillermo Sánchez Borbón, ‘el tío Guillermo', ha causado un profundo dolor hasta en los que no lo trataron, pero si conocían ‘El Ahogado', ‘Confesiones de un magistrado', (que posteriormente editó como ‘La luz de esta memoria') y ‘Aproximación poética a la muerte'.
Y es que hoy vuelvo a citar de memoria: ‘Frente a la muerte sólo morirse cabe. No debemos resistirnos al impacto terrible'.
En el Bocas del Toro de los años de mi niñez, con frecuencia escuchaba hablar del tío Guillermo a mi madre, Reinalda Sánchez, y a otras personas que lo conocían.
Secundino Rujano, otrora miembro de UNCUREPA me contó un día: ‘Rodrigo Sánchez-ex diputado y hermano-me llevó a trabajar a la finca en Zegla, Changuinola. Dormía en el mismo cuarto con Guillermo. Eran las cuatro de la mañana y Guillermo leía con su lámpara de keroseno y tenía que decirle: ‘Apaga esa luz, no me dejas dormir'.
El me llamaba Talingo'. Sería en el año 1977, cuando vine a conocer y empezar a leer sobre Tristán. Fue a través de una profesora chilena en el colegio Pedro Pablo Sánchez de La Chorrera, quien empezó a hablar de José María Sánchez Borbón y sus cuentos de Bocas del Toro. También habló de Olga y Guillermo.
Así empecé a saber más de ellos. Al volver a casa, conté lo sucedido a mi madre, y ella me dijo ‘son tus tíos'. Ya en sexto año estaba en uno de los pasillos del colegio cuando veo caminando para salir del colegio a tío Guillermo y me le acerque y le dije ‘yo soy el hijo de Reinalda'.
Me dio un abrazo y ‘salúdame a Reinalda'. Eran los años fuertes de la dictadura de Omar Torrijos. Franz García de Paredes lo esperaba. Posteriormente Franz escribiría el ensayo Tristán Solarte: una poderosa voz lírica. Guillermo había ido a dar una conferencia al colegio. Era la primera vez que leía un ensayo sobre Tristán. Estando en primer año de la Universidad de Panamá, acostumbraba a ir a la Librería Universitaria y Guillermo dictaba clases en la Universidad de Panamá, donde comencé a tratarlo con más frecuencia.
En cierta ocasión, el tío Guillermo viajaría a La Chorrera, junto a su hermano Juan Sánchez e hijo. Fue para un almuerzo un sábado. Estaban presentes Olga Sánchez Borbón, Rodrigo Sánchez -Yoyi-, Tito Tomas, entre otros. Mientras mi madre preparaba un rondón, una vecina, estudiante que estaba leyendo El Ahogado, al saber que su autor estaba de visita, se acercó a conocerlo y sólo atinó a preguntarle: ‘¿Quién mato a Rafael?', causando una carcajada a Guillermo, que solo respondió: ‘yo no sé'.
Posteriormente, ella nos contaría: ‘jamás pensé que ese era Tristán Solarte'. Cuando empezó la columna En pocas palabras, hay tres episodios que nunca olvidé, uno gracioso y otros que fueron de terror. El día cuando las turbas de GRAPO (Grupo de Apoyo Popular) de las Fuerzas de Defensa) llegaron al diario donde trabajaba buscando golpear a Guillermo, él mismo, inocentemente, bajó las escaleras por el escándalo, pasando entre los varrilleros y ninguno lo conocía. Se imaginaban a Tristán en saco y corbata.
Luego supe por boca de mi profesor Joaquín Villar-García, quien estuvo en el lugar de los hechos, que ‘pasó por delante de mí y no sabía quién era', me dijo.
El día que escuché la noticia de la aparición del cuerpo de Hugo Spadafora, que sería alrededor de las 1:25 p.m., dudé en llamarlo, al recordar las palabras del tío: ‘a esa hora estoy durmiendo', pero tomé el teléfono y lo llamé: ‘¡Tío, ¿escuchó la noticia?! Y me dijo, entredormido: ‘¡No!', y le contesto: ‘¡Encontraron el cuerpo de Hugo!' seguido de ‘¡apareció sin cabeza!', respondiéndome: ‘¡repite lo que me dijiste!', sólo atinó a decirme ‘¡Dios mío!' Y el día que lo acompañé a rendir declaración por un exhorto de un Fiscal de Chiriquí, por una denuncia de calumnia, donde Tristán mencionó en tres ocasiones la palabra ‘Corozo', en una columna que no guardaba relación con el tema. Ese día Ana Belfon ordenó su arresto. A los días, sale al exilio. Era mediodía. Mi primo Rodrigo Sánchez y yo lo llevamos al aeropuerto. Mientras Guillermo se registraba como pasajero en el mostrador de la aerolínea, se acercó un muchacho negro, tocó a Guillermo en el hombro y ambos giramos para ver de qué se trataba. Eran agentes del G2 tomando fotografías y luego se retiraron. Partí de la terminal, luego que me confirmaran de la aerolínea, atendiendo pedido nuestro, de que el tío ya estaba en el avión y a salvo. Ahora, en su último vuelo, sólo me resta decirte: Misión cumplida. Good bye, Uncle Guillermo.