Una virgen en mis noventa años
- jueves 27 de octubre de 2011 - 12:00 AM
Era un miércoles cualquiera. La gente salía a buscar los ganadores para tratar de ‘remendar’ hasta la quincena. Eustaquio vivía con una empleada sesentona, dos gatos y un loro. Había enviudado tres veces, pero se mantenía con una salud y vista envidiable, y un cuerpo de sesentón.
Aquella mañana, día de su cumpleaños número noventa, se levantó con una idea absurda: para celebrarlos no quería arroz con pollo, ni ensalada de papas ni dulce ni helado, quería una noche de placer con una adolescente virgen.
Mientras se tomaba su vaso de sábila con miel de abeja, para que no se le ‘bajara’ nunca, llamó a una amiga para que le consiguiera una pelá señorita. La mujer le dijo que estaba difícil, que ya casi no hay chiquillas señoritas y las pocas que hay se están guardando para los jóvenes. Eustaquio subió la cantidad a pagar y ella prometió una respuesta antes del mediodía. A las once lo llamó para decirle que le tenía una virgen, pero de 35 años, muy bonita, con un trasero africano y una cintura centroamericana. Eustaquio enseguida dijo que no, que él la quería joven, cuanto más tierna mejor. Mientras esperaba y para calmar los nervios, se fue a la cocina, donde su fiel empleada fregaba los trastos de tres días. Y como siempre, desde hacía 45 años, le levantó la falda y la embistió allí mismo, en reversa y sin ningún preludio, ni siquiera un beso ni una caricia para entonarla. Cuando terminó, casi enseguida, la vieja empleada le dijo: ‘Ay, don patrón Eustaquio, ese animalito suyo ya casi que ni hace cosquillas’. Fue como estallarle una bomba en pleno rostro. Apenado y furioso se prometió nunca más ‘darle placer’ a la malagradecida.
A las tres ya los nervios estaban a punto de descontrolarlo, porque su amiga no llamaba. A las cuatro faltó a su promesa y se calmó con la vieja sirvienta que lavaba inclinada sobre la tina. Y repitió la acción de muchos años, le levantó la falda y ‘entró’ directo, pues era costumbre de la mujer no usar panti. Se esforzó por demorar un poquito más, pero la sesentona se percató de su intención y con un remeneo violento, pero efectivo, enseguida lo puso fuera de circulación. Nuevamente se burló y le dijo: ‘Ay, don patrón Eustaquio, ese pajarito suyo ya no debe salir de la jaula’.
Iba a discutirle que no era así, pero llegó la llamada anunciando que había aparecido la virgen joven: tal como él la había pedido, pura, inocente, delgada y de doce años. A las siete en punto, el cumpleañero se puso su vestido de gala, peinó sus tres hebras, se perfumó con lavanda, cortó un ramo de gardenias para regalarle a la niña y salió.
Le entró una tos repentina que le impedía caminar rápido. Sacó unas pastillas de menta y siguió. Entró a la casa y le dio a la mujer mediadora el dinero convenido. Ella lo contó tres veces y luego le señaló la puerta. Nuevamente la tos necia. Su amiga, al oírlo toser, soltó una carcajada tan sonora que se asustó la misma tos y enseguida desapareció.
El nonagenario entró y se encontró con muchachita con un aire de desamparo y tan delgada que parecía raquítica. ‘Vamos a empezar enseguida, viejo’, dijo la niña con una voz que para nada coincidía con su aspecto físico. El cumpleañero se sintió desarmado y solo la miró con una mirada de perro triste. Ante su silencio, la chiquilla se quitó la ropa dejando a la vista un cuerpo plano y unas tetitas que parecían un botoncito de chocolate. ‘Quieres por el frente o por atrás, abuelo’, le dijo la niña con voz de trueno.
Oírla decirle abuelo lo ubicó de golpe en ‘su realidad’ y se echó a llorar como un niño.
Una hora después, como no paraba de llorar, la amiga lo obligó a tomarse un té de valeriana. Ya la niña estaba de vuelta en su casa, virgen y con la platita en la cartera…