- lunes 14 de noviembre de 2016 - 12:00 AM
Dicen que la vida es como un restaurante: ‘Casi nadie se va sin pagar la cuenta'. Dos décadas caían sobre el luto conyugal de Enereida, quien vivía con su esposo y sus hijos en aparente estabilidad de pareja cuando la vecina Larisa les mandó al carajo ese matrimonio; el hombre se mudó y dejó de criar a sus hijos para encargarse de los pelaítos de su nueva mujer. Enereida tuvo que pararse como Piñango para soportar el dolor conyugal que fue aminorando con el tiempo, pero no su deseo de ver que la vida le cobraba la deuda a Larissa.