Todo tiene explicación

‘No se te olvide nunca que los cachos son parte de la vida, pero son exclusivamente masculinos
  • lunes 25 de marzo de 2019 - 12:00 AM

Fue la primera vez, en 20 años de vida conyugal, que a Rodolfo le negaron el mañanero, provocando en él la típica reacción masculina: un ataque de ira acompañado de la acusación de que Graciela, la mujer, tenía otro.

‘No se te olvide nunca que los cachos son parte de la vida, pero son exclusivamente masculinos, y no se te ocurra dárselo a otro porque los borro a los dos del libro de los vivos, hasta el día que yo me entere, hasta ese día viven', gritaba Rodolfo totalmente descompuesto, y como su mujer tenía por costumbre no discutir, eso lo enfureció más y para desahogar el disgusto apuñaló una cantidad indefinida de veces el colchón conyugal.

‘El que calla otorga', repetía rabioso y con cada palabra hundía el puñal ante la mirada atónita de su mujer, que terminó de vestirse y le dijo: ‘Voy apurada porque hoy cumple Fabricio y le organizamos un desayuno sorpresa, a mí me tocó llevar el chocolate, por eso te lo negué porque debo llegar antes de la hora de siempre'.

La explicación lo enfureció más, y arremetió verbalmente contra el compañero de trabajo de su mujer, al que llamó viejo decrépito, malnacido, achacoso, hermano de Matusalén y otros adjetivos que ponían por el suelo al cumpleañero.

‘Ya quisieras tú tener la salud, la energía y la inteligencia de Fabricio', gritó Graciela antes de salir, y el comentario acabó con la poca paz de Rodolfo, quien pasó la mañana entera tumbado sobre el sofá, acobardado por la sospecha de que su mujer estaba volando cintura en otros brazos.

‘Solo te pido, san Cachondo, que si mi mujer tiene otro que no lo vean mis ojos, que no los vea juntos nunca, no me mandes ese trago, por favor', se lamentaba quien antes pregonaba a viva voz que el hombre, por ser varón, nacía con ese derecho a ser infiel, que esa actitud era comprensible y perdonable, por su naturaleza golosa, y que a la mujer le tocaba sobrellevar porque era ella la encargada de guardar el hogar.

‘La infidelidad de la mujer no es de ahí, ni se perdona ni se olvida', repitió Rodolfo muchas veces, sobre todo cuando andaba caliente con otra que no era Graciela.

Al mediodía, Rodolfo pudo reunir algo de voluntad, y se presentó al trabajo de Graciela, adonde lo dejaron entrar porque lo conocían. ‘Vengo a retirar el carro para llevarlo al taller', dijo serenamente y se llevó el automóvil de su mujer con el fin de ‘peinarlo' en busca de una prueba de la infidelidad.

Mientras avanzaba en la investigación, pensaba complacido que de seguro eran ideas suyas, que su mujer era fanática de las fiestas y que por eso había preferido faltar a sus deberes conyugales antes que quedar mal con el chocolate para Fabricio.

‘Ladrón juzga por su condición', repetía cantando mientras movía los ojillos como chiquillo contento, pero la alegría le duró poco. Alcanzó a ver un cantito de algo debajo del asiento delantero. Empezó a temblar y el temblor aumentó conforme halaba la ‘cosa' esa que apenas salió entera a flote le provocó un sismo peligroso.

‘Lo hicieron aquí mismo, en el carro que yo le regalé', decía Rodolfo con un hilo de voz mientras sostenía con la derecha el condón usado. Seguro ya de la traición de su mujer no pudo con el dolor, y sintió que se hundía en un pozo profundo del que no saldría jamás.

Una hora después, alertada por la desaparición del carro, llegó Graciela a la casa, adonde halló a Rodolfo echado en el asiento del copiloto, pálido, inconsciente, hecho aguas y con el condón sucio en las manos frías.

Fue imposible rescatarlo de la muerte, a pesar de que Rodolfo luchó por vivir durante dos semanas, quizás preocupado por borrar a su mujer y a su amante del libro de los vivos. ‘Ese golpe es para hombres de verdad', dijeron aquellos que supieron la verdadera razón del fallecimiento de quien por años traicionó abiertamente a su esposa, siempre con la excusa de que perro es perro y donde le sirvan come.