Té de la resurrección
- jueves 01 de enero de 2015 - 12:00 AM
Rogelio andaba falluco de respuesta conyugal; no era que no tenía ganas, sí tenía y quería, pero no podía.
Su mujer, Leonisa, pegó el grito al cielo la primera noche que él no pudo y lo acusó de tener otra, pero el hombre supo defenderse amparado en el mejor abogado: la verdad, y ella quedó convencida de la inocencia del marido, por lo que tomaron la decisión de que este cambiara de trabajo, pues el cemento, según consideraba la dama, le exacerba la rinitis que él trataba de aliviar con unos medicamentos que, de seguro, eran los causantes de que aquel ya no se levantara, ‘y si se levanta, no dura parado’, le dijo Leonisa a una amiga que le propuso un cambio de imagen para que Rogelio se entusiasmara de nuevo, por lo que ella cambió su melena rubia por una roja, luego se la tiñó del color de la noche y después le puso un combinado de los tres colores, pero el animalito no se entusiasmó con ninguna de las tres, siguió dormido e indiferente a la rubia, a la pelinegra y a la pelirroja.
Una tía que vino del interior a pasar con ellos el Año Nuevo sugirió que lo llevara a un psicólogo, pero Rogelio dijo que él no se prestaría para esas mariposadas, que esos manes están más confundidos que cualquier borracho y que él arreglaría solito su problema.
‘Llevas tiempo diciendo que lo vas a solucionar, pero no solucionas nada, te salvas que te quiero, porque si no fuera así ya te hubiera puesto varios cachos’, le gritó Leonisa y le declaró la guerra.
Le tocaba a Rogelio llegar del trabajo a prepararse comida y a lavar su ropa, porque su mujer se negó a realizar estas actividades mientras no viera resultados en la cama. Apremiado por ella compró unas hierbas y preparó un té potente que dejó enfriando mientras se bañaba con buen jabón, porque le habían dicho que esa infusión era como zamparse cuatro pastillitas azules juntas.
‘Ya verá que su mujer va a quedar con la entrepierna escaldada’, le dijo el hierbero que lo recetó.
Cuando Leonisa lo vio entrar al baño fue a la cocina y le preparó otro té, triplicándole la cantidad de hojas porque ella estaba de verdad ganosa.
‘Necesita mucho poder para calmar a esta leona’, pensó y echó más y más hojas.
Y se acostó a esperar que el marido del miembro deprimido saliera del baño a tomarse el preparado. Lo oyó soplar el líquido y empezó a desnudarse para esperarlo.
‘Tómatelo caliente, esas son mariposadas estar soplando y soplando’, le gritó cuando consideró que estaba demorándose más de la cuenta.
Ya voy, ya voy, deja el apuro que el mundo no se hizo en un día, le gritó Rogelio. ‘Pero se hizo para hacer eso y gracias a eso hay mundo, y apúrate’, le contestó Leonisa, quien sintió que el mundo se iba a acabar recién empezado el año cuando lo vio caminar tambaleante hacia la recámara y ‘armado’ como cuando ambos eran chiquillos y lo hicieron la primera vez.
Se arropó de pies a cabeza para que él la desarropara. Cuando sintió un cuerpo pesado caer sobre sus piernas pensó que a su marido se le había ocurrido empezar por calentarla por allá, pero minutos después presintió que algo andaba mal y lo llamó tres veces. Se levantó preocupada al no tener respuesta. Lo sacudió violentamente y lo llamó con desesperación, siempre en vano.
Tuvo que pedirles ayuda a los vecinos para llevarlo a un hospital, donde le hicieron un lavado estomacal, tras ella contarle al galeno que Rogelio lo único raro que había tomado era el té de la resurrección.
‘Pues que no vuelva a tomar ese veneno, un poquito más y se muere intoxicado con esas hojas’, le dijeron los médicos a Leonisa.