Sumario

El 2011 anunciaba, a través de la brisa, de los días de lluvia con sol y del gentío buscando lo que no necesitaba en cuanto comercio o p...
  • miércoles 28 de diciembre de 2011 - 12:00 AM

El 2011 anunciaba, a través de la brisa, de los días de lluvia con sol y del gentío buscando lo que no necesitaba en cuanto comercio o puesto de venta se levantara por ahí, que ya estaba aspirando sus últimas bocanadas. Estos signos inequívocos del campanazo final ponían a Dianita al borde de una crisis de nervios porque aún, pese a los muchos intentos, no había logrado sentir qué era un orgasmo. Su comadre Patricia decía que a ella se le salían las lágrimas cada vez que tenía uno, su prima Bertita narraba que ella sentía que iba montada en una montaña rusa, Gloria, la vecina campeona, porque tenía marido de planta y amante eventual, comentaba que sus orgasmos, que siempre eran varios, dependían exactamente del tamaño del falo de su compañero, y que cuando estaba con su marido, que tenía un miniequipo, a ella se le contorsionaba todo el cuerpo, como si fuera epiléptica, y cuando estaba con el amante eventual, que por requisito básico debía tener tamaño Panamax, o sea bien grande, ella se desmayaba por varios segundos. Todas estas maravillas sobre los orgasmos empeoraban el ánimo de Dianita, guapa y curvilínea, quien se desveló toda la noche, pensando en con quién, cuándo, cómo y cuántos. Casi estaba de salida, cuando recibió la llamada de la empresa para avisarle que el jefe había decretado día libre para que todos los empleados ‘le dieran gusto al cuerpo antes de que acabara el año’.

Dianita se quitó el uniforme, se puso ropa sexi y salió a una librería deseosa de encontrar un libro sobre sexualidad femenina, y allí se le acercó un tipo con aspecto de vegetariano, paliducho y tristón. Más tarde supo que se llamaba Gabriel y que era escritor. Ni esperanza de que este saco de huesos mal repartidos logre que yo tenga un orgasmo, pensó Dianita, pero tanto insistió el escritor en llevarla al cine que ella aceptó. Y allá, cuando Gabriel le tomó la mano, ella retiró la suya, porque la de él era tan suave que a ella le parecía estar acariciando a una mujer. Aún así, las cosas se calentaron tanto que salieron en estampida del cine para ir a algún refugio sexual, donde Gabriel habló largamente sobre otras maneras de hacer sexo, que este no solamente era penetración, que podía ser, incluso, individual o en grupo y no en pareja. Tanta leguleyada fue desanimando a Dianita, que aún no entendía cómo había aceptado entrar a ese lugar con semejante raro. ‘Podemos empezar enseguida, pero individual y solo usaremos nuestros pies y algo que tengo por aquí’, dijo Gabriel con una sonrisa de desquiciado mientras sacaba de una mochila una cuerda de plástico. Dianita aprovechó una leve distracción del escritor y alcanzó la puerta, pero por los nervios no pudo abrirla. Corrió y levantó el teléfono alcanzando a decir auxilio. Los seguridad del hotel la encontraron amarrada a una silla, amordazada y descalza. Cuando se recuperó del susto y salió a la calle vio pasar un camión de su empresa. Extrañada llamó y enseguida le contestó la recepcionista. Todo normal. Se fue a su oficina y allí, cuando vio a todo el mundo trabajando regularmente, recordó que ese era el Día de Inocente Mariposa.