PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO

‘Poderoso caballero es don dinero’ era la expresión diaria de Fabio. En su juventud y ahora, que tenía sesenta años, había sido despreci...
  • martes 27 de agosto de 2013 - 12:00 AM

‘Poderoso caballero es don dinero’ era la expresión diaria de Fabio. En su juventud y ahora, que tenía sesenta años, había sido despreciado por las mujeres, sobre todo por las bonitas, que eran las únicas que le gustaban. A cambio del vil metal logró tumbar a algunas bellas, y, también amparado en su plata, le arrebató la virginidad a las más bonitas del pueblo. Y siempre, cuando las bellas caían en sus brazos o cuando hacía algún negocio, turbios los más, terminaba diciendo, después de carraspear y lanzar un salivazo: ‘Poderoso caballero es don dinero’. Férula, su esposa, bella y veinte años menor, y a quien consiguió tras sobornarla por un dinero que el padre de esta le debía, lo soportaba por temor y, según las lenguas más sabias del pueblo, en el momento de la intimidad ella cerraba los ojos, extendía a lo largo de la cama los brazos y ladeaba la cabeza para escupir, mientras silenciosamente le suplicaba a santa Cachucha que Fabio terminara rápido. El término de su reinado platero se dio en la fiesta de la boda del hijo menor, que apenas había cumplido mayoría de edad, pero al igual que sus hermanas quería huir cuanto antes del padre altanero y ensoberbecido por su plata. ‘La pachanga será algo nunca visto en este pueblo pulgoso, porque poderoso caballero es don dinero, les decía a la gente, que asistió en masa atraída por el derroche de guaro y comida que Fabio había anunciado. En la iglesia, Fabio iba de un lado a otro para que todos vieran las joyas y la ropa que lucía y para apabullar al papá de la novia, que no había venido ni ensacado ni enjoyado, pese a que tenía más plata que él. La fiesta de la boda se prolongó hasta el amanecer, Fabio, feliz entre los muchos políticos invitados, a cada rato pedía el micrófono para decir pendejadas y para preguntarle a la gente cómo la estaban pasando, y siempre terminaba diciendo: ‘Pidan lo que deseen comer o beber, que poderoso caballero es don dinero’. Había pasado tan entretenido coqueteando con los políticos que fue cuando se marchó el último que se percató de que tenía muchas horas de que no veía a su mujer. Subió, sin dolor en las rodillas, a la recámara matrimonial. La revolvió como un loco, buscando a Férula hasta dentro de las fundas. El duro corazón que siempre había mostrado se volvió un manso gatito cuando leyó una notita: ‘Me fui con el suegro de nuestro hijo, porque siempre has tenido razón, Fabio: poderoso caballero es don dinero. Amo a ese hombre’. Nadie supo cuánto tiempo lloró la fuga de su mujer ni cómo llegó solo a un hospital, quejándose de fuertes dolores en el pecho. ‘Atiéndame de primero’, les gritaba a los médicos. De repente se incorporó y les lanzó varios fajos de billetes: ‘Atiéndanme ya, que poderoso…’. Y exhaló el postrer suspiro. El poderoso caballero no pudo conservarle la vida.