Pekín y Chupampa
- sábado 19 de noviembre de 2011 - 12:00 AM
P ekín y Chupampa, un chinito y un santeño, eran los dos compadritos más odiados por las mujeres del barrio, no porque eran ni malagente ni malandros, sino porque, como vivían solos, a los maridos de las susodichas les gustaba ir a la casa de ellos a tomarse unas cervecitas y a hablar vainas de hombres machos.
Los compadritos tenían su historieta sentimental, a Pekín, el único chino que no le gustaban las chinas, lo desplumó una docente curvilínea y vivaracha que a punta de mentiritas lo mantuvo guinde durante tres años dizque esperando la noche de bodas para entregarle la pureza de su ser. Pero se fue de su vida sin ‘darle’ nada, porque le llevó todos los ahorros que él tenía para poner un minisúper. Y la mujer del tipiquero Chupampa, que como buen santeño tenía su abarrotería, le mudó tienda y cariño de cama dejándolo en la calle y con el corazón vacío.
Ahora, ambos hombres, que se habían puesto candados taiwaneses en sus lastimados corazones, vivían justos para aminorar los gastos, pero cada quien tenía su recámara, a la que traían sus conquistas, pero siempre respetando la regla central: prohibido mirar, ni con el rabito del ojo, a la ‘bruja’ del otro.
Pero como ambos eran hombres de negocios, idearon poner un ‘push’ clandestino. Acondicionaron un local en la parte trasera, le hicieron una entrada ‘ecológica’, que les quedó tan bien que había que ser muy observador para descubrir la puerta entre el inocente enredadero de plantas, hojas y flores. Construyeron una base de cemento y sobre esta pusieron un colchón ortopédico, para que aguantara las mil batallas, colocaron un espejo, abanicos, una mecedora de cuero, una hamaca y en la pared dibujaron mujeres desnudas y llorando alarmadas por la creciente cifra de patos.
El negocio, que no estaba sujeto a ninguna ‘ley zanahoria’ arrancó con éxito, los primeros clientes fueron algunos vecinos, los más valientes, los de pantalones largos, quienes se acogían al plan Compita, 2x3, dos dólares por tres horas de uso del cuarto, además tenían la ñapa de que las mujeres llegaban a la casa como amigas de Pekín o de Chupampa, de manera que las celosas esposas no sospechaban nada. La fama del discreto ‘push’ creció tanto que ya Pekín y Chupampa estaban pensando en hacer más cuartos, pues además de los reales que ganaban, ellos vivían con una constante excitación imaginándose a las parejas allá adentro. Pekín pegaba el oído a la pared tratando de ‘oír algo’, mientras Chupampa sentía como un ‘cierto placer’ tan solo con imaginarse cuantos maridos estarían trabajando duro en la calle, para traer los frijoles a la casa, mientras acá, en el ‘push’, sus mujeres les adornaban la cabeza.
En esos días de bonanza y de muchos clientes se quedaron sin sábanas limpias, pues la llovedera no les permitió secarlas. Fue el santeño
Chupampa quien le exigió a Pekín que pusieran como sábanas unas banderas grandes que él tenía para la venta. ‘Yo mismo las lavo después y te las plancho’, le dijo para convencerlo. La mañana transcurrió normal sin ningún reclamo por parte de los clientes, pero al mediodía, mientras Pekín tomaba su sopa china y Chupampa, su sancocho de gallo viejo, una mujer desnuda y gritando colérica se les paró enfrente a reclamarles por qué usaban la bandera panameña como sábana. ‘¿Es que no conocen la ley?, ¿cómo se les ocurre mancillar así nuestro Pabellón?
Y como chino y panameño estaban mudos, la mujer, sin vestirse, había llamado a la Policía y había armado tal gritería que ya el vecindario en pleno estaba dentro de la casa. Un contingente distribuido en varios patrullas llegó a la casa y con ‘Pele police’ en mano empezaron a verificar a todos los curiosos…
Para alegría de las mujeres del barrio y para tristeza de sus maridos, el ‘push’ chino-pa nameño fue clausurado.