Pasión resurgida
- miércoles 01 de junio de 2016 - 12:00 AM
El reencuentro ocurrió en el centro comercial, ambas andaban con el eterno afán femenino: comprarse más y más trapos. ¿Alicia?, ¿Sabrina?
La misma, respondieron ambas y se abrazaron para, aparentemente, recuperar las cuatro décadas de ausencia. No habían vuelto a verse desde la tarde en la que las sacaron medio muertas de frío tras cuatro horas de pelear a puño y halones de cabello en las templadas aguas del río Alto Meracho, allá en las montañas de El Chirriscazo. Se necesitó la fuerza de tres lugareños para separarlas y sacarlas del afluente, algunos dijeron después que los mediadores lograron su objetivo porque las contrincantes ya estaban bien trabajadas del frío y debilitadas, pero que, de lo contrario, no las hubieran podido salvar porque ambas se estaban peleando a un macho, y ese sentimiento le da fuerzas inimaginables a cualquier mujer. También se supo después que el dueño de los dos corazones y motivo de la disputa era Pedro, el fulito de los contornos, quien se dio el lujo de no aparecerse por el río pese a que sabía que ellas se habían citado en ese lugar apenas terminara la jornada escolar para arreglar cuentas a puño limpio. Como no hubo ganadora, el amor de Pedro le tocó a la más viva, que resultó ser Alicia, a quien sus padres, siguiendo una tradición que, afortunadamente, ya no se practica en los pueblos del interior, la enviaron para la capital a trabajar en oficios domésticos apenas terminó el sexto grado. Alicia se trajo luego a Pedro, que trabajaría como jardinero en la misma casa donde ella laboraba, esto les facilitó iniciar un romance que se concretó pronto bajo las sábanas y de esto hubo consecuencias de nueve meses que forzaron el matrimonio entre ellos. Todos los detalles de su vida se los contó Alicia a Sabrina, quien también soltó su lengua y le dijo que ella no había tenido suerte en la vida conyugal porque los dos esposos querían pintear todos los sábados. ‘Ahora vivo sola, los fines de semana me visitan mis nietos', anunció Sabrina. ‘Ya yo no pienso en conseguirme un hombre, como mujer ya morí', le dijo Sabrina a Alicia mientras se comían un barquillo. ‘Tienes que buscarte un pollito, aunque sea para que te acompañe, no es bueno estar sola', le aconsejó Alicia, y la invitó a que fuera ese sábado a la fiesta de quince años de una de sus nietas.
‘Sabrina viene el sábado a la fiesta de Pamelita, me la encontré en un centro comercial', le dijo Alicia a su marido, y no se dio cuenta de que Pedro palideció al oír el comentario; tampoco notó ella que su marido pasó callado la tarde entera ni tampoco le llamó la atención que no cenara. Enredada en los tamales que debía preparar para la rumba y en acompañar a su hija a las compras del vestuario de la quinceañera no se dio cuenta de que su marido había ido a hacerse el corte y que le pidió que le comprara ropa nueva. Salió ella de su letargo cuando Pedro le pidió al hindú, con carácter de urgencia, un perfume que oliera bastante. Y se puso arisca enseguida, día y noche observaba al marido, quien, el día de la pachanga, amaneció radiante y silbando pindines antiguos y de mucho sentimiento por un amor ausente o perdido. Al atardecer, el miedo de Alicia había logrado tamaños preocupantes, a eso siguió el desasosiego, que se transformó en rabia, tanta que cuando Sabrina llegó, bien chaneada, no pudo soportarlo y le impidió quedarse en la fiesta. ‘Yo no te invité, cómo se te ocurre venir a mi casa', le gritó furiosa, y, avergonzada, Sabrina salió pidiéndole al Cielo que la tierra se abriera y se la tragara. En la confusión, Pedro la siguió y la alcanzó para pedirle el número de celular, el cual Alicia lanzó a la vieja letrina, pero la pasión fue tan fuerte que Pedro logró grabarse el número y se citó con Sabrina días después, día en que comenzaron una relación a escondidas que duró muchos años.
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Vanidoso: Quiero verme como un jovencito.
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Odiosa: Fumígate, que aquí no eres bienvenida.