Olores navideños
- viernes 16 de diciembre de 2016 - 12:00 AM
El hombre que se casa y va con mano blanda firma su sentencia de amargura crónica, de la que no descansará hasta que la esposa sea borrada del libro de los vivos, si es su suerte que a ella la borren primero, porque, de lo contrario, le tocará a él padecer hasta el final de sus días. Renato se casó locamente enamorado de Roxana, y como bien lo dicen las estadísticas ‘el que se enamora pierde'. Y Renato perdió desde la noche de casados, cuando aceptó someterse a un examen visual vergonzoso y practicado por su mujer, quien agarró su miembro erecto, se lo midió, se lo pesó, se lo olfateó y, por último, hasta le contó los vellos, según ella para estar alerta ante cualquier cambio y averiguar la causa de las supuestas transformaciones que ya ella maquinaba en su mente extremadamente celosa. En la luna de miel, que solo duró tres días, Renato se sintió más infeliz que dichoso, porque Roxana no lo dejaba ni usar su celular, apenas lo veía tomar el aparato quedaba encima de él fisgoneando con quién hablaba o chateaba. Al trabajo regresó ojeroso y pálido, y muchas creyeron que había volado cintura de lo lindo y que a ese meneo día y noche se debía el semblante demacrado del compañero, a quien le aguardaba a su regreso al hogar otra desagradable sorpresa. Apenas llegó, Roxana lo desnudó y lo revisó de pies a cabeza, ni los zapatos se salvaron de la requisa, lo peor para él fue cuando ella lo olió y aspiró varias veces buscando alguna rareza. Pero no se atrevió a contradecirla porque la bella se la daba de bravita con él, como lo sentía tan enamorado abusaba de lo lindo.
Fue a la tercera semana de revisión que se formó el merecumbé que resultó en la separación. Por ese mal hábito de muchos de hurtarnos ramitas de los arbolitos ajenos, Renato pasó inocentemente y le arrancó, no una, sino tres ramitas al pino de la empresa, y como vio que venía el gerente, rápidamente los guardó en el bolsillo de su pantalón, para sacarlos más tarde y aspirarlos a plenitud. Pasó la tarde aspirando y guardando las ramitas que dejó en el bolsillo del pantalón. En cuanto entró a su casa, Roxana le salió al encuentro para la revisión, y su fina nariz percibió de inmediato el olor a pino, y lo acribilló con preguntas ‘a quién le compraste un arbolito de esos, a quién, por qué tienes eso en tu ropa'.
Renato se deshizo en explicaciones, tartamudeó mucho para decir que sencillamente lo había arrancado del arbolito de la empresa, pero Roxana interpretó la tartamudez como signo de nervios por la culpabilidad que le brotaba de adentro. Y formó una pelea descomunal, lo acusó de ‘haberle comprado un arbolito a alguien, a otra'. En el afán del que con su actitud se culpa aunque sea inocente, Renato trató de abrazarla para repetirle que ‘cómo se le ocurría semejante barbaridad, etc.'. Pero la mujer reaccionó como una verdadera desquiciada y no solo rechazó la caricia, también lo golpeó en el rostro repetidas veces sin dejar de acusarlo de haberla traicionado.
En medio del alboroto, a Renato le pareció escuchar a su madre fallecida, quien en una de sus últimas conversaciones, ya enferma, le dijo que jamás se dejara tocar la cara de ninguna mujer, ‘ni aunque sea tu esposa, mucho me jodí para criarte y jamás te pegué', reiteró aquella. Y se llenó él de valor para olvidar el inmenso amor que le tenía a Roxana, y solo necesitó medio minuto para decidir entre vivir acompañado, pero amargado y humillado o quedarse solo, pero en paz. Y se fue esa misma noche, con la firme decisión de no volver, para no formar parte de ese bonchao que cae en la afirmación de Walter Riso: ‘Hay personas que con tal de no sentirse solas llaman amor a cualquier compañía'.