No era muy pendejo na’
- lunes 31 de octubre de 2011 - 12:00 AM
Desde que empezaba noviembre, la sensual y folclórica Úrsula se vestía con los colores de la patria y salía a la calle deseosa de provocar con su caminado tricolor a los que deambulaban por las calles llenas de guirnaldas y motivos patrióticos.
Ese martes se levantó con mucho sueño y deseando ser rica para no tener la necesidad de trabajar.
Mientras freía los patacones para el desayuno de sus hijos, los escuchó decir que ellos también se iban para el interior durante las fiestas patrias. Con tristeza recordó que su cartera estaba en rojo, pues la tan esperada quincena solo le duró 15 minutos.
Pensó en el papá de los pelaos, pero enseguida desechó la idea, pues este siempre andaba limpio. Y ella, por pereza de ir a la corregiduría, no lo había hecho subir al patrulla, como a los púgiles.
Salió de su casa decidida a regresar con el dinero del viaje. En el trayecto al trabajo repasó todas las posibilidades: desde el chino de la tienda, pasando por el gerente y otros administrativos, pero qué va, no encontraba cómo empezar la ‘autogestión’.
Cuando llegó a la empresa, un seguridad recién nombrado y atrevido le dijo: ‘Vaya perredosa, quien fuera ese pantalón para llevarla bien apretadita’. Iba a gritarle muerto de hambre, pero siguió de largo pensando en su problema. Entró a la oficina del gerente, pero el tufo otoñal que este despedía le hizo olvidar la intención.
Casi al mediodía se encontró a Enedino, un interiorano joven que siempre la había mirado con lujuria. Lo siguió hasta el cuartito donde él guardaba los trapeadores y las escobas. El aire campirano e inocente del cholito la animó y le dijo: ‘Entonces, Enedino, ¿qué te gustaría que te regalaran para las fiestas patrias?’. ‘Una bandera grandota pa’ ponerla en un palo de mango que hay frente a mi casa allá en el interior’, contestó sin malicia el interiorano.
A Úrsula le dieron ganas de meterle un puñete por inocente, pero comió ganas y le dijo: ‘Yo tengo una bandera bien grandota, y si quieres te la alquilo unos minutos por 80 dólares’. ‘Jo’, dijo Enedino, quien por fin había entendido cuál era la movida. El cholito prometió que antes de las cinco conseguía la plata. Fue adonde el prestamista de la empresa, pero a este lo habían barrido, todos con la misma causa: irse para el interior; se animó a hablar con el gerente, quien enseguida le dijo que no, pero le dio la tarde libre para que fuera a gestionar los fondos por otro lado. Pensó en empeñar la lavadora u otro electrodoméstico, pero ir a buscarlos le tomaría mucho tiempo. Ya casi se daba por vencido cuando vio el dril de la empresa.
Lo envolvió en hojas de periódico y salió. Regresó media hora más tarde con la platita justa y la llamó. ‘Venga enseguida, que va el trato’, le dijo con voz nerviosa.
Úrsula bajó enseguida hasta el cuartito de las escobas. Tomó el dinero y le dijo sonriente: ‘Nos encontramos a las nueve en Calidonia’. Con los 80 panchos entre las tetas y muy sonreída iba a salir cuando Enedino la agarró por un brazo y mientras le quitaba la ropa le dijo bajito, con la voz sofocada por el deseo: ‘A ayer lo conocí, pero a mañana nunca lo vi’. Y allí, entre desinfectantes, escobas y trapeadores, el cholito se cobró su platita. Y no se la cobró una vez, se la cobró bien cobradita varias veces para que ella, que se la daba de capitalina, se convenciera de que los interioranos no son relajo de nadie…