La mujer del jubilado
- martes 30 de agosto de 2011 - 12:00 AM
D oña Luz, ‘felizmente’ casada con un hombre mucho más joven, subió al apartamento de Bolívar, el único jubilado jovenzón del edificio, a llevarle un café, pero realmente lo que quería era entibiarle la cama que sus dos esposas abandonaron por la mala costumbre de este de traer invitados que se quedaban temporadas y a los que había que atender como si de verdad fueran otros miembros de la familia. A pesar de que la doñita tenía su cualquier encanto, a él no le gustaba, de manera que todo intento de ella era en vano. Ante el rechazo evidente, doña Luz bajó con la firme decisión de vengarse de la oprobiosa ofensa.
Mientras, Amelia, de 39 añitos, reunía todos los rasgos que sus compatriotas, que a la hora de la hora ni se ven bien ni lo hacen bien, buscan en la mujer de sus sueños. Ella se sentía orgullosa de su trasero africano y de su busto medieval, atributos que procuraba resaltar aún más con sus vestidos y con su caminar afrodisiaco. Pero así como natura le dio tanto, el destino le negó suerte en el amor y tuvo que enfrentarse sola a la crianza de sus tres hijos. Y realmente no la hubiera pasado tan mal, pero perdió su trabajito en un ministerio porque se burló del trasero desnutrido de una jefa y tuvo la mala suerte de que la escuchara una túngara que le llevó la cocoa a la mismísima autoridad, quien no dudó en mandarla enseguida para su casa.
Fue por esa razón que se decidió a aceptar los galanteos de Bolívar, quien desde hacía rato le soltaba toda la caballería para hacer realidad su única fantasía sexual incumplida: la rusa.
El jubilado habló claro: él se haría cargo de todo lo de ella y tenía disposición para disculpar cualquier cosilla fuera de orden, la casa sucia, de vez en cuando, una comidita quemada, un dolor de muela para no atenderlo en la cama, pero jamás una infidelidad. Amelia aceptó complacida porque ya ella estaba a punto de retirarse de esas emociones y lo que le quedaba de ímpetu don Bolívar lo apagaría sin ayuda de nadie.
Fueron unos meses de deliciosa convivencia, él, gracias a los pechos gigantes de ella, se daba gusto a cada hora aplicando ‘la rusa’. Tan encantado estaba Bolívar con sus tetas que casi ni salía, pero la enfermedad de un nietecito lo obligó a visitarlo y tras esa salida regresó con Melquiades, un extranjero que no tenía casa ni familiar que le tendiera la mano.
‘A ver don Bolívar, qué se le antoja comer. Mire, pues, aquí están sus chancletas. Tenga su Siglo. Qué le parece, pues, la noticia esta. No faltaba más, yo le hago esa vuelta’. Don Bolívar estaba más que fascinado con tantas atenciones que no daba muestras de ponerle una fecha de salida a ese nuevo inquilino. Tres meses después, ya Amelia se había contagiado de la complacencia del inquilino y no podía explicarse cómo se habían enredado en una relación tan apremiante y apasionada que su mente solo se ocupaba de buscar un motivo para que el esposo saliera un rato de la casa y ellos quedarse a solas para desahogar un poco las urgencias que les lastimaban las entrañas mismas.
El momento tan esperado llegó gracias al cumpleaños de otro nietecito de Bolívar.
En cuanto el esposo abordó su automóvil, subió el inquilino, que en la parada tenía dos horas de estar aguardando el momento preciso.
Afanada en no perder ni un segundo, Amelia lo esperó desnuda y tirada en posición desafiante en el sillón. Tenía un montón de fresas sobre su cuerpo y embarró de chocolate todo el cuerpo de su amante para entregarse a un juego de lamidas cuyo ganador obtendría el premio mayor. Amelia, que quería ser la perdedora para disfrutar de lo que ella sabía que él deseaba como premio, lamía lentamente para no ganar; mientras, el inquilino mordía su piel suavemente y trataba de deglutir las tentadoras fresas.
Afuera, un desconocido parado al lado de doña Luz, hacía el trabajito de avisar a don Bolívar que regresara enseguida porque de su casa salía un fuerte hedor a gas y, aparentemente, no había gente allí que cerrara la llave. En la desesperación, pensando que su mujercita estaría dormida, no se preocupó por preguntar quién lo llamaba ni se percató, al llegar, que no se sentía ningún mal olor.
Pero abrió, casi a punto de llorar por la angustia.
El aroma a chocolate se percibía por doquier y de música de fondo unos quejidos de gata lo ubicaron ante la cruel realidad.
No hubo golpes, el inquilino pidió perdón en nombre de los dos. Pese a todo, él le permitió salir vestido y, a ella, esperar a sus hijos para salir, nuevamente, en busca de un lugar donde vivir.