¡A rey muerto, rey puesto!

E ra una tarde fresca del 14 de julio, predominaba el olor a flores, a campo, a cementerio. Se escuchaban sollozos, y predominaba el lla...
  • miércoles 17 de agosto de 2011 - 12:00 AM

E ra una tarde fresca del 14 de julio, predominaba el olor a flores, a campo, a cementerio. Se escuchaban sollozos, y predominaba el llanto y las lágrimas, los más profundos eran los de la madre que perdía a su hijo, quien aún era muy joven para dejar de vivir.

Martín había sido un hombre respetable, uno de esos ciudadanos que por su trabajo y personalidad se ganaban el cariño del pueblo; dejaba en orfandad a tres niñitos y viuda a una hermosa mujer, muy admirada, pero no por su trabajo comunitario, sino por su belleza exótica, llamada Madelaine, nombre que le puso la madre en honor al tatarabuelo, quien, según ella, fue uno de los primeros franceses que llegaron al istmo para intentar construir un canal.

La vena francesa de Madelaine la había dotado de esa elegancia innata de la raza caucásica y su vena paterna caribeña le había proporcionado esa magnífica distribución de carnes propia de las latinas. Madelaine no se dejó derrumbar por la tristeza, hombres van, hombres vienen, y cualquier hombre puede ser esposo, decía ella.

Empezaron a pasar los días y el pensamiento de Madelaine se centraba solo en sus tareas cotidianas, su trabajo, sus hijos. Por ahora no pensaba en otro esposo, había que mantener la moral y el estatus de viuda al menos por unos meses más. Pero la carne es débil y sus fervientes deseos de mujer ya empezaban a resurgir, Martín había sido el hombre que todas quieren, guapo, conocido socialmente, con dinero e insaciable en la cama, al parecer era un gen de familia porque Ramón, su primo, era muy parecido. Tan parecido que hasta en la misma mujer se fijaron, pero ella se había decidido por Martín, quien solo se ganaba a Ramón por los estudios.

Pero como reza el refrán: ‘Si no dejas de tocar la puerta, algún día te será abierta’, Ramón nunca había dejado de insistirle a Madelaine. Y ahora, en la ausencia de su primo decidió intensificar su conquista. El ‘tío Ramón’, como lo llamaban los niños, empezó a visitar a su amada y siempre llevaba los clásicos dulcecitos para ganarse, poco a poco, el aprecio de los niños. Ni Madelaine supo cuándo lo empezó a considerar como su próximo pretendiente.

Un día, Ramón llegó cuando los niños no estaban y bastó que cruzaran una mirada para que en segundos, la casa, que con tanto esfuerzo había mandado a construir Martín, se convirtiera en un campo de desenfrenados juegos libidinosos y pasionales donde no existía la moral, solo imperaban los deseos de la carne. Horas después y extasiados, los amantes se levantaron de la mesa del comedor, último escenario de aquel frenesí sexual.

Decidieron esperar un tiempo y mantene r aquella relación en secreto, la única condición que ponía Madelaine para formalizarse como esposos era que Ramón terminara el semestre que le faltaba de su carrera universitaria.

Fue así como, a punta de sacrificio y de muchas horas robadas al sueño, Ramón pudo, por fin, terminar la universidad en la que ya llevaba casi 12 años. Se daría un nuevo matrimonio en aquel pueblo el 15 de julio, sí, un año y un día después del fallecimiento de Martín.