- domingo 25 de julio de 2021 - 12:00 AM
A Rufina le llegó la fortuna de una manera inesperada. De la noche a la mañana, la dama, de unos 35 agostos, cumple el 15 de ese mes, se fue transformando y para muchos es irreconocible.
La misma que hace unos meses atrás todavía llevaba un motete en la espalda y su machetito colgado de la mano derecha, ahora da la impresión de andar nadando en el billete.
Pero, cómo ocurrió ese salto económico en un pueblo tan distante de la cabecera de la provincia. Esta es una de las versiones que vuela de campo en campo. Rufina solo fue al sexto grado.
Para seguir había que quedarse en un internado lejano y sus padres no tenían dinero para eso y menos confiaban en mandar a una chiquilla a vivir con gente que no conocían. Siendo así, no le quedó de otra que sudar la gota gorda en el trabajo diario.
Trabajaba en el rancho en las tareas domésticas y otros días iba a cortar maleza con un machete corto. Para muchos en el campo fue una sorpresa que Rufina no quedara embarazada antes de los 15. Y para más sorpresa, llegó a los 20 sin chiquillos y sin irse a la capital a limpiar casas de ricos.
Trabajó y trabajó junto a sus padres hasta que ellos partieron hacia el viaje eterno. Luego le tocó vivir sola, rodeada de animales domésticos y cultivando arroz y maíz, yuca y plátanos. Rufina te deja el tren, le decían los señores cuando la veían pasar con su motete lleno de leña. Y ella, por más cansada que viniese, siempre respondía con amabilidad los piropos de los campesinos.
Y seguía en su andar. Los domingos era la primera en llegar a la capilla, para darle una barrida antes de que llegara el cura o acomodar las sillas de plástico que los niños mueven para otros sitios. Hasta aquí era la Rufina que todos conocían, la que no sorprendía a nadie, la que estaba destinada a dormir en una cama de cuero de vaca seco durante el resto de la vida.
Pero algo cambió. Quizás su destino era ser una mujer acomodada, en los últimos tramos de su existencia y como es lógico, ella no tenía porqué saberlo. Dicen los que todo lo saben que su suerte cambió un domingo por la tarde. Aquel día se escucharon gritos fuertes en el rancho de Rufina. Puede ser que se haya ganado un premio en la lotería o puede que se haya volado dos dedos con ese cuchillo de cocina que ella misma afila en una piedra en el patio de la casa.
Pero nadie tuvo el valor de acercarse a ver qué era lo que pasaba. A la mañana siguiente la vieron salir muy temprano, sin su motete en la espalda, así que todos pensaron que iba para la capital de la provincia. Y también la vieron regresar, unas cinco horas después, con unas bolsas repletas de cosas. Y así, en los días siguientes, a la velocidad del rayo, fue cambiando la vida de Rufina.
Para que le limpiaran el monte contrataba peones que iban de otros campos, y para construir la casa de bloques, llegaron unos albañiles con acentos extranjeros en el habla y en los modales. Compró unos terrenos que nadie quería comprar y los fue transformando en potreros con verdes pastos.
Todo alrededor de Rufina iba cambiando tan vertiginosamente que los campesinos se asustaron y hasta tomaron distancia de la otrora campesina del motete. En sus cabezas solo hay dos fuentes de riqueza rápida: la lotería millonaria o un pacto con el maligno. Y lo que les puso la cabeza revuelta fue lo que vino después: un joven migrante de pelo rubio que convivía con la señora Rufina. Sí, ahora todos le decían la Señora Rufina.