Mauricín y sus dos papás
- domingo 22 de enero de 2012 - 12:00 AM
M auricio era el más estimado del barrio, pues pasaba sonreído todo el día, nada lo mortificaba ni con nadie se metía. ‘Que aprueben o no la Sala Quinta me tiene sin cuidado’, decía a bocajarro y alardeando su ignorancia jurídica.
Pero un suceso desafortunado le agriaría el carácter. Una noche que regresaba de pintear se equivocó de puerta y entró por la primera que vio abierta, qu e era la del cuarto de Fina, treintona y soltera, al igual que él. Juntos siguieron pinteando y juntos y en la misma cama amanecieron, dando que hablar al vecindario que celebraba la nueva unión.
Y aunque fue una boda al azar, la luna de miel fue intensa. Regresaban a las seis de la tarde de sus respectivos trabajos, salían al baño comunitario a bañarse, recogían el orinal portátil (un tanque), se metían a su cuarto y apagaban la luz. La televisión, poco a poco, se llenaba de telaraña, nadie volvía a mirarla.
Las vecinas más cizañosas comentaban qué flaco se está poniendo Mauricio, otras decían que se veía ‘escurrío’, y las más viejas afirmaban filosóficamente que ‘hay mujeres que absorben a los hombres, los van ‘secando’ hasta que por fin los mandan de vuelta para la morada santa’.
Pero ni los comentarios ni las indirectas del vecindario afectaban el ánimo de Mauricio, quien dominado por la urgencia del amor y por pedido de Fina, mandó todos sus muebles para el interior, desocupó el cuarto y se mudó para el de su amada, quien últimamente andaba mareada y con vómitos, pero solo durante el día, en la noche no se acordaba de esos males y se entregaba plena y ardiente a su marido, Mauricio, quien se sintió el panameño más feliz cuando supo que iba a ser papá.
Una tarde, meses después, en el hospital, Mauricio estuvo a punto de preguntarle a una enfermera si de casualidad no habría un error, pues le parecía extraño el cabello apretadito del bebé, siendo él y Fina de pelo lacio. ‘Acuérdate que de negro, poeta y loco todos tenemos un poco’, le dijo Fina cuando él le habló de los rizos del bebé. Regresaron al vecindario e ignoraron los comentarios malintencionados. Mauricio inscribió al niño como hijo suyo y de Fina, y empezaron a criarlo con amor. Dos meses después, cuando Fina retornó a sus compromisos conyugales, Mauricio olvidó por completo todas las dudas.
Antes del primer año de Mauricín, regresaba Mauricio del trabajo con sus compras habituales, pamper y leche. Entró a su cuarto deseoso de cargar al bebé, pero se detuvo extrañado de ver a un hombre sentado mirando la televisión.
Iba a preguntar quién era cuando Fina, cabizbaja, le dijo: ‘Este es el papá de Mauricín’.
El desconocido extendió la mano en señal de saludo, pero Mauricio no la aceptó.
‘Vine a hacerme cargo de mi familia’, dijo el hombre.
Mauricio dejó caer el cartucho y pensó en matar, pero al segundo cambió de parecer y tomó la decisión de irse.
Y aunque sentía que iba a vomitar las vísceras y que una resequedad espantosa quemaba su boca, tuvo valor para acercarse a la cuna, donde Mauricín le sonreía y hacía ademanes de que lo cargara.
Con los ojos llenos de lágrimas lo acarició antes de irse para siempre del cuarto de Fina.