Ni el mago ni la varita
- martes 04 de septiembre de 2012 - 12:00 AM
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Agrega El Siglo en Google ↗️Y a el alba estaba próxima a dominar las sombras cuando llegó Liza al cuartito donde vivía con su tía Lastenia. Venía sofocada del pindín y despertó a la doñita: Ay, tía, conocí a un hombre a la medida de mis sueños, bailamos toda la noche, pero creo que hay un perito. Yo no le sentí mucho, tía, a pesar de que me le pegué bien pegadita en el baile. Lastenia la miró medio dormida y le preguntó de dónde era el fulano.
‘Se llama Chicho y es de Saboga, tía, alto, agarradote y tiene unos brazotes. No hay caso, ‘lahija’, dijo la tía, si es de Taboga póngale la firma que es tremendo garrote.
No es de Taboga, tía, es de Saboga, acuérdate que esa es otra isla. Taboga es una y Saboga es otra.
Bueno, es de una isla, lo que quiere decir que tiene el orgullo africano, le dijo a la sobrina que insistía en que no le había sentido mucho.
Pero usted lo vio o lo tocó, le dijo Lastenia apurada a meterse de nuevo en las sábanas. No, tía, no me atreví a tanto. ‘Entonces no le consta, además, ‘lahija’, si es chiquito no se preocupe, acuérdese de lo que siempre le he dicho: No es tanto la varita, sino el mago que mueve esa varita’.
Pero se impuso el espíritu investigativo de Liza y pronto se mudó con el sabogano, quien resultó ser desafortunado en tamaño y en habilidades, lo que él compensaba con otras atenciones. Liza, que era floja para acercarse a la estufa, se sintió la reina de Singapur, porque Chicho se ponía el delantal apenas llegaba del trabajo, además pidió un préstamo para comprar un terreno y construirle una casita. La ilusión de tener, por fin, una casa propia y de concreto, hizo que Liza olvidara el sinsabor de las medidas de su marido, y se concentró en apoyarlo en la obra, para la que Chicho trajo a Kiko, un primo de allá de Saboga, que era experto pegando bloques y corazones rotos. Tenía a dos viudas embarazadas allá en la isla, por lo que requería con urgencia unos cuantos rúcanos.
Antes de un mes, Kiko, que se hospedaba con la pareja, tenía la casa casi lista y ya pronto se regresaría a su terruño. Fue cuando el diablo metió la mano y Liza se ganó un Gordito.
‘Esto va íntegro, absoluto y total para hacer el baño higiénico. Lo quiero con todas las extras y que se quede Kiko para que lo haga rápido’, le dijo a Chicho, quien trató de convencerla de que mejor compraran un carrito y que esperaran el programa 100/CERO del presidenciable.
‘No, no y no; no puedo esperar, ya no soporto usar letrina’, advirtió Liza.
Y, como siempre, dijo Chicho: Una mujer bella siempre tiene la razón.
Y empezó Kiko a construir el baño higiénico, que ya iba bien adelantado cuando a Liza le extrajeron una de las muelas del juicio y la incapacitaron dos días. Chicho se quedó un día a cuidarla, pero al día siguiente tuvo que ir dar la cara al trabajo porque el jefe estaba furibundo por su ausencia.
Salió muy de madrugada hacia la parada, donde se percató de que había dejado en la casa las pastillas contra la acidez estomacal, que no podían faltar apenas comía.
Lo pensó tres veces, hizo cálculos de tiempo y decidió regresar a la vivienda a buscarlas.
Entró sigiloso, callado para no despertar a Liza. Le pareció oír el chirrido del colchón. Se paró en medio de la sala, pero el ruido de un auto que pasaba le impidió agudizar el oído. Tomó las pastillas de la mesa y caminó en puntillas hacia la puerta.
Metió la llave con cuidado para no hacer ruido.
Tiró el pie derecho para empezar a caminar otra vez hacia la parada.
Fue cuando oyó intenso el chirriar del colchón seguido del quejido agónico de orgasmo de hombre. Sintió que las venas de las sienes le iban a explotar y metió llave otra vez.
Entró y a viva fuerza sacó a su mujer, desnuda, y la puso en el patio. No supo en qué momento se le escapó Kiko ni cuando la claridad dominó el entorno, donde unas vecinas caritativas habían traído una toalla para envolver a Liza, quien lloraba de vergüenza y de arrepentimiento.
Las mujeres pronto encontraron con que vestir a la infortunada, a quien su tía Lastenia vino más tarde a buscar.
‘Y todo por gusto, tía, porque ni el mago ni la varita salieron buenos’, le dijo Liza llorando a Lastenia.