La chiquillona
- miércoles 01 de enero de 2020 - 12:00 AM
Uno de los deseos de Delfina para el año 2019 era encontrar un nuevo amor. No pedía mucho, de entre 40 y 50 años, con la mueblería completa y con un empleo seguro, nada de una semana de camarones y tres veces echado en la hamaca. Andaba ya por los 40 abriles y se había tropezado con esa piedra varias veces. Apenas cobró la quincena se fue a la peatonal a comprar un vestido, rojo sangre, como le decían sus astros, para atraer al ser amado.
La tarde del 31 limpió la casa, hizo el sahumerio y compró un ramito de rosas para ponerlo en la mesa. Delfina, desde que se casaron sus hijos, hace rato de eso, vive sola en un cuarto de alquiler por los lados de Carrasquilla. Por recomendación de una compañera del trabajo consiguió un cuartito con ventana en uno de esos caserones donde se comparten los baños con los vecinos. Y hablando de vecinos, Delfina se daba golpes de pecho que a su edad atraía todas las miradas, o más bien, la mirada de los inquilinos de la tercera edad que se iban quedando solos en aquellos aposentos calurosos.
Los fines de semana, cuando Delfina bajaba en ropa de dormir al quiosquito de las frituras, había un séquito alrededor de la estufa de la vecina Hortensia, la dueña del localcito. Pero Delfina aspiraba a recibir más que una parte de una pensión de jubilado. Soñaba con un pretendiente que la sacara de ese cuarto y la llevara a vivir en una de las nuevas barriadas del este, así podría ir a divertirse a los toldos todos los fines de semana y no tendría que gastar la mitad del salario en taxi.
A Delfina le gustaba el pindín, como buena descendiente de la tierra de Urracá, apenas escucha un acordeón quedaba moviendo el cuerpo como una culebra. La noche del 31, cuando bajó a tomar el taxi, amarillo, cerca de las 11 de la noche, el viejo Lolo le dijo: cuidado con los toros, vecina. Ella no hizo caso del piropo del vecino porque tenía otros planes, grandes planes para despedir el año viejo y recibir el nuevo.
Pagó la carrera e ingresó al todo sin perder tiempo. Pagó una mesa y una silla, en los toldos se paga hasta por sentarse, y se sentó a mirar el escenario. El pindín estaba en su apogeo cuando se le acerca un caballero que le extendió la mano. Se fueron al concolón del toldo y cuando terminó la pieza regresaron a la mesa de Delfina. Cerca de las cuatro de la madrugada, el caballero le propuso algo a Delfina. Hablaron bajito y salieron por un taxi, que luego de recorrer varios kilómetros, se estacionó en la entrada del caserón donde vive Delfina. Todos los vecinos, que estaban hasta el tape, y apenas empezaban la rumba, estaban en la entrada. Delfina lo pensó bien, se lamentó buco y al final le dijo que man que no se bajara, que se devolviera en el mismo taxi, no sin antes intercambiar los celulares para chatearse por el WhatsApp.