La gorda del gordito
- martes 22 de febrero de 2011 - 12:00 AM
La gorda Josefa estaba preparando saos de patitas de gallina y de puerco, que luego manda a vender con dos de sus hijos, --los mayores--- a diferentes partes de la ciudad, pues se acercan las clases y tienen que comprarle los uniformes a los pequeños, que suman siete, que residen en una casita de mala muerte en Curundú.
Su esposo Gustavo se la pasa más tiempo en la cantina, que en el trabajo, pues no tiene un empleo fijo por eso no aporta nada a los gastos de la casa, lo que obliga a los dos hijos, más grandecitos a realizar trabajos informales, como la buhonería y la venta de videos pirateados, aparte de los famosos saos de Mamá.
Josefa no le reclama nada a su marido, pues prefiere cargar en silencio su deber como madre, tratando de sacar a los hijos adelante, por lo menos a dos, que después puedan ayudar a sus otros hermanos menores.
Sus patitas de gallina y los saos de patitas de puerco tenían fama entre sus clientes, incluyendo a los diputados, quienes mandaban a sus conductores a comprarle, pero con mucho cuidado, porque podían salir del barrio sin sus los pantalones.
En una ocasión Gustavo tenía dos billetes del gordito que compró casado. Los pudo comprar luego de vender hierro viejo que sacó de un carro abandonado, en calle Q. San Miguel, donde se ganó 4 mil balboas, pero no le dijo nada a Josefa, al contrario se metió en una de las cantinas del sector, donde empezó a hacer gala de hombre con dinero y porque pagaba tragos a amigos y desconocidos.
Llegaba a la casa, borracho y con olor a perfume barato, chupetes en el cuello, por eso Josefa ----antes de mandarlo a bañarse---le reclamó de dónde había sacado dinero para darse la gran vida, mientras que los hijos buscaban el sustento en las calles, exponiéndose a toda clase de peligros.
Pero al día siguiente, cuando Gustavo estaba en la cantina, Josefa se enteró que se había ganado el gordito, por eso fue a buscarlo al lugar de mala muerte, pero no estaba. El cantinero maloliente le dijo que estaba en la pensión, con la chola-china, una de las cantineras, que le estaba sacando el dinero y otra cosa al afortunado hombre de la suerte.
Preguntó sobre la pensión, a donde acudió, pero el asiático dueño del antro de vicio, trató de impedirle la entrada, lo que no logró, pues un pescozón lo hizo reflexionar que era mejor no meterse con la gorda, quien pateó la puerta del cuartucho en el que estaba su marido con la otra mujer, ---ambos desnudos---disfrutando de la pose de caballito y la jinete.
Gustavo trató de evitar problemas, porque conoce el carácter de su mujer, ¡pero qué va!, la chola-china recibió una tanda de puñetes, patadas, una mordida le arrancó la oreja derecha y una jalaba de moño, que la dejó turulata en el piso. Cuando el hombre trató de huir lo agarró por el cuello para tratar de asfixiarlo, pero al confesar donde estaba el dinero escondido, lo soltó y pudo respirar.
La gorda buscó el dinero, Gustavo lo tenía encaletado dentro de una lata, en la misma casa, pero solamente había 6 mil balboas, pues ya se había gastado 2 mil en mujeres baratas y cantinas de mala fama.
Con el dinero, la gorda logró poner un kiosco en Calidonia, donde vende saos de patitas de gallina y puerco, ceviche de pulpo, camarón y bagre, menú que lleva como nombre el ‘Despierta Muerto’, por la fama de poner a los hombres como un cañón, pero Gustavo, tiene que atender por 12 horas el negocio, de lo contrario, la próxima vez la gorda le arrancará con los dientes los testículos, como le prometió Josefa, su esposa, a quien conocen ahora con el mote de la ‘Gorda del Gordito’.