Feliz cumpleaños
- domingo 23 de septiembre de 2012 - 12:00 AM
E dwin estaba clarito en que había nacido más salado que un tanque de rabito de puerco. De las cuatro semanas del mes solo conocía dos de mediana tranquilidad, y siempre por la misma causa: la falta de plata, mal que padecía desde los doce años, cuando tuvo su primer dinerito propio, ganado con el sudor de sus manos. Fueron dos dólares, cuarenta reales que le dio su tía a razón de uno por cada cana que él, pacientemente, le sacó.
Y con ese primer salario dio muestras de su incapacidad financiera. Esa misma tarde se gastó en la tienda del pueblo los dos dólares. Regresó para la casa con los bolsillos vacíos, pero harto de pan de dulce y soda. Y fue por esa discapacidad para convivir con el dinero que tomó la decisión de no casarse nunca, porque sus tíos decían a diario que las mujeres solo saben celar y pedir plata.
No me casaré y no me casaré nunca, decía hasta que conoció a Pilín, una mujer de cara bonita, pero flaquita y dulce, en aquella época.
La bella y escuálida Pilín le montó un operativo de 24 horas hasta que tuvo la suerte de que el papá de ella llegara a buscarla a la casa de él cuando ambos estaban en la recámara viendo una película. El viejo se encorajinó y exigió boda inmediata, pese a que los dos ya tenían cédula.
Cásese, sobrino, para aplacarle la ira al viejo, a esa flaquita usted la domina en un 2x3, además, ella se ve tan dulce’, le decían los tíos, por lo que Edwin caminó para el Juzgado a amarrarse.
Y fue ese el principio de su agonía. La dulzura de Pilín desapareció apenas se casaron, y en su lugar hizo derroche de un carácter severo que para nada logró dominar el pobre Edwin, a quien, tal como le dijeron sus tíos, ella solo celaba, pedía plata y amenazaba.
La única semana de felicidad que conocía la pareja era la de la quincena, unos cuantos días tranquilos, y apenas se acababa el cheque, a atajar los insultos de Pilín, a quien pronto Edwin cambió por Luisiña, una italianita dulce y bella que hablaba poco español, pero que también sabía pedirle plata.
Ahora sí llegó usted a donde iba, le dijeron los compañeros de trabajo, quienes sabían que Edwin se las veía duro esperando la quincena. ‘Ahora, con dos mujeres, o lo matan o se mata’, comentaban.
Pero Edwin se sentía realizado con la bella Luisiña, quien estaba aprendiendo a bailar pindín porque tenía el capricho de que él la llevara pronto a algún toldo.
Cuando aprendas bien, le decía Edwin, que ya estaba aprendiendo a amarrarle la cara a Pilín y se desvelaba pensando de dónde sacar el dinero para darles a sus dos mujeres.
La felicidad se le agrió esa tarde, cuando Pilín lo llamó para que fuera con urgencia a buscarla al trabajo. ‘Te tengo una sorpresa’, le dijo la mujer, por lo que Edwin muleó hasta la oficina de ella.
Gracias a los tranques llegó en el mismo tiempo que si hubiera ido en bus. En el camino se imaginó que la sorpresa sería un jamón adelantado o quizás una colonia cara.
Si me regala una colonia se la vendo a Pinzón y después le digo a Pilín que me la robaron iba pensando en el camino, preocupado porque se acercaba el cumpleaños de Luisiña y no tenía con qué comprarle el regalo.
La ilusión se le derrumbó cuando vio a su mujer cargando un perro.
Y esa vaina, le dijo. Como que vaina, este es un perro de raza que me costó mucha plata, dijo ella, y enseguida él le reclamó por gastar tanta plata en un perro.
Tú gastando en un perro de raza cuando yo hoy almorcé arroz con salsita de porotos.
Un perro de raza es una inversión, además voy a pagarlo en cuotas, dijo Pilín y le pasó el can, que Edwin cargó de mala gana y con él en brazos caminó hasta subir a uno de los pocos diablos rojos que aún pasaban.
Esa noche no durmió preocupado por el regalo de Luisiña. Aumentaban su martirio los gemidos del perro.
‘Prepárale leche y dásela’, le ordenó Pilín en la madrugada.
‘Perro del carajo’, dijo Edwin, pero hombre mandado es hombre jodido, por lo que preparó el biberón y acunó al perrito para alimentarlo.
‘Tienes que quedarte a esperar que venga la muchacha que cuida el perrito, él no se puede quedar solo’, le ordenó su mujer dos días después, cuando se celebraba el cumpleaños de Luisiña, y ni llegaba la quincena ni él había conseguido la plata para el regalo.
Vigila bien al perrito, tú sabes que es un perro de raza, no te vayas mientras no llegue la nana, le llamó su mujer una hora después. Fue cuando se le prendió el foquito.
Y metió al perro en una mochila y salió apenas llegó la nana de ‘Bambino’, nombre que le puso Pilín al can.
‘El perrito está dormido’, le dijo y salió veloz.
Luisiña casi se vuelve loca cuando Edwin llegó con su regalo de cumpleaños.
Es hermoso, bello, decía una y otra vez mientras acariciaba a ‘Bambino’.
Más tarde, cuando Edwin llegó al trabajo, se percató de que en el apuro había dejado el celular.
‘Ha llamado su esposa 51 veces para que se vaya enseguida para la casa, hay problemas graves’, le dijeron a Edwin en Recepción.
¡¡¡Cómo que se robaron a ‘Bambino’!!!, dijo Edwin apenas le comunicaron el hurto del perro.
‘Ya reporté el caso y la Policía está investigando’, le dijo Pilín vuelta llanto.
Que investiguen a fondo y que agarren al ladrón y lo condenen a cadena perpetua, dijo Edwin y se puso a mirar la televisión.
Casi entra en shock cuando oyó que tocaban la puerta.
‘Ladrón de casa, una vecina vio que su marido llevaba un perro con las mismas descripciones en su mochila’, le dijeron los policías a su mujer.
MORALEJA: APRENDE A DEFENDER TU NO, PARA EVITAR MATRIMONIOS FORZADOS COMO EL DE EDWIN Y PILÍN.