Entre groseras
- lunes 11 de marzo de 2013 - 12:00 AM
El que veía a Orestes en la Casa de Méndez Pereira pensaba que era el hermanito de alguna estudiante, a quien, de seguro, lo había mandado el papá a cuidar la gracia de la hermana. Nadie se imaginaba que ya el pelao estaba por graduarse y menos que era hijo de Guada, una mujer de tamaño monumental y que tenía permanentemente en la boca: Yo no me dejo de nadie. La colosal Guada no le transmitió a su primogénito ninguna de sus características físicas ni su voz de trueno, y menos las maneras de pelea de las que tanto ella se enorgullecía.
La dama ignoraba que su hijito del alma había tenido que lidiar, en la cafetería y en cualquier otra dependencia de la U, con una de las plagas que más azota al estudiantado universitario: las funcionarias y los empleados que se deleitan exhibiendo su carácter grosero y su incompetencia cada vez que aquellos solicitan algún documento o un trámite.
Orestes, que ya estaba a punto de graduarse, llevaba meses solicitando un documento. Siempre que iba a preguntar cómo iba el trámite la funcionaria le contestaba entre los dientes y cuando le daba la gana, pero nada de darle solución. Otras no le respondía y el pelao se quedaba, como dicen, ‘con la palabra en la boca’. Muchas veces, las que le contestó, le dio una respuesta gritada: El que lleva ese papeleo no vino hoy. Y apretaba el rostro para que el estudiante viera que ella no estaba para atender a nadie. Pero cambiaba como por arte de magia cuando se le acercaba un profesor o algún hombre con pinta de extranjero. Entonces era el reverso de la medalla. El rostro duro se dulcificaba y también la voz.
Por accidente se enteró Guada de que a Orestito se lo estaban ninguneando en la U, y allá llegó, casi como cuando lo llevó a kínder, con el hijo de la mano. Lo mandó a preguntar y la funcionaria no se dignó contestarle. Siguió hablando por teléfono y cuando terminó anunció que se iba a comer. Fue en ese momento que Guada averiguó las generales de la empleada.
‘Ella es así, bien ruda, siempre se jacta de que no es chomba, miren mi pelo, lacio natural, le dice a quien le insinúe que tiene su venita africana’, le dijeron unas deslenguadas a Guada, que le ordenó a su hijo abordar a la dama apenas regresara de comer, lo que ocurrió casi a las dos y media de la tarde.
Licenciada, ya salió mi reclamo de nota, preguntó Oreste con su voz suave y modulada. ¡¡¡¡¡Él no vino hoy!!!!!, gritó la funcionaria y marcó otro número. No supo de dónde salió Guada, solo sintió la mano que le arrebataba el celular. Quiso defenderse, pero la otra le ganaba en tamaño y en vocabulario soez. Le tomó más de dos minutos saber por qué la mujer la atacaba. Este por las veces que le has contestado groseramente a mi hijo, le gritó Guada y de un tirón le arrancó la peluca. Y estos dos tatequieto por las veces que lo has dejado con la palabra en la boca, vociferó Guada y le cruzó el rostro con sendas bofetadas. Nadie vino a auxiliarla, pero sí supieron muchos el hallazgo de la cabellera caída.
Te doy tres días para que le arregles el problema a mi hijo, sentenció Guada y se fue gritando que si no le cumplía regresaría a enseñarle a respetar a los estudiantes.