El reprobado
- martes 05 de marzo de 2013 - 12:00 AM
A ldair estaba en ese bonchao de panas que se creen que están buenones, por lo que no le preocupaba si satisfacía o no a su pareja, la inocente Irilín, una mamazota que estaba como se las receta el doctor a los que quieren carne y más carne. Pero lo cierto era que la hermosa Irilín sentía que su relación con Aldair iba en picada. El ciudadano, en la cama, practicaba la célebre frase de Cayo Julio César: ‘Llegué, vi y vencí’. Aldair llegaba, tomaba lo que consideraba suyo y se dormía. Todo rápido y sin nada de arte ni de la nota romántica que esperan las damas. Por eso Irilín decidió ir a consultar a una experta en materia sexual, quien le ‘aclaró’ que ella era la culpable de la frialdad de Aldair. ‘Tienes que enamorarlo todos los días y atizar la pasión con ropa sugerente y nuevas poses, es la mujer la que le pone sal al asunto’, le dijo la ‘especialista’ y le ordenó acudir diariamente durante una semana a recibir el tratamiento la mujer de fuego, que la prepararía para encender y volver loco a Aldair, quien, al término del proceso no dio ninguna muestra de haber enloquecido ni de sentirse apasionado por la bella y curvilínea Irilín.
‘Vengo a que me devuelva mi plata, ese tratamiento que me hizo no sirvió, mi marido no vino a dormir anoche, así que deme lo mío o le arranco la peluca y le destrozo toda esa loza que tiene allí’, le dijo Irilín a la supuesta conocedora de las artes del amor de cama.
La mujer vio tanta decisión en la otra que no se atrevió a decirle rotundamente que no le devolvería nada, al contrario, la invitó a sentarse para que analizaran por qué había fallado el tratamiento. Terminaron de dialogar una hora después, cuando Irilín dejó de llorar y cuando acordaron que Aldair debía asistir a una sesión con la hechicera. El hombre se encorajinó tanto cuando su mujer le habló de la posibilidad de que fuera a atenderse que rompió un par de platos y derramó los macarrones en el piso. Luego los barrió rabiosamente y se los tiró al perro, al que tampoco le hicieron gracia los fideos, por lo que fue el gato de los vecinos el que vino a disfrutar la consecuencia de que a Aldair lo hubieran ofendido en su virilidad.
‘Cómo es posible que esa vieja fea ponga en duda si sirvo o no sirvo’, vociferaba mientras su mujer lloraba a lágrima viva. Hizo una pausa para espantar al gato y fue en ese momento que recordó que ella pagaba el carro que usaba su marido.
Si no vas a atenderte con la ‘doctora’ no pago más el carro y tendrás que volver a tus diablos rojos, le gritó Irilín, quien hizo otra pausa y agregó: ‘Además, ella no es ninguna vieja ni es fea’.
Esa misma tarde llegó Aldair a la consulta. ‘La verdad es que por primera vez Irilín dice algo interesante’, pensó cuando vio a la ‘doctora’, que le pareció joven y buenona.
La mujer habló por media hora hasta que Aldair la interrumpió para decirle que él no creía en nada de esas sesiones de psicología. ‘Yo no creo en esas vainas de libros, yo creo en que siempre hay una persona con la que uno funciona y otras con las que no, así saquen todas las técnicas y poses que quieran’, le dijo y se levantó dispuesto a irse, pero la dama le agarró el brazo y lo obligó a sentarse otra vez. No pudo evitar que ella se le sentara encima y le dijera que le diera una muestra de cómo él le hacía el amor a Irilín, quien, por orden de ella, se había quedado en la casa.
Terminaron unos veinte minutos después. La ‘doctora’ se acomodó el peinado y la ropa en silencio mientras Aldair esperaba semidesnudo pensando que ella deseaba repetir la acción.
Tuvo que venir el muchacho de la limpieza a sacarlo a la fuerza, porque se puso histérico cuando la experta llamó a Irilín y le dijo: ‘Venga a buscar su plata, ese marido que usted tiene no nació para el arte sexual, definitivamente que en la cama está reprobado’.