El gorrero

En muchas cantinas de mi Panamá abunda un personaje muy popular que por su rara costumbre de chupar a costa del dinero ajeno, se ha gana...
  • lunes 30 de mayo de 2011 - 12:00 AM

En muchas cantinas de mi Panamá abunda un personaje muy popular que por su rara costumbre de chupar a costa del dinero ajeno, se ha ganado el repudio de los bebedores que con el sudor de su frente, y tirando pico y pala toda la semana, acuden a bares, cantinas y parrilladas, no solo para rendirle culto a Baco y desestresarse, sino también para admirar a las chichis que con sus cuerpos angelicales y gestos insinuantes en el escenario, hacen más alegres las noches de rumba y ron. Me refiero, amigos lectores, al gorrero, el que casi siempre es un vago que se la pasa merodeando por las cantinas viendo a ver de qué botella se pega sin pagar una ronda.

Y es que para sobrevivir en este mundo de copas y farra, estas rémoras del ambiente chuposo tienen sus reglas, y al final, se salen con la suya a la hora de beber sin pagar. Tal es el caso de un conocido gorrero que frecuentaba las cantinas ubicadas en una de las transitadas avenidas de la tierra del bollo preñao, al que sus conocidos le apodaban Secante, por aquello de que apenas veía una botella de guaro, la empinaba con tal desesperación que desaparecía el contenido en un santiamén. La primera regla de Secante consistía en entrar a la cantina, dizque con el cuento de orinar, lo que aprovechaba para lanzar una mirada a vuelo de pájaro sobre las mesas para ver dónde se ubicaba el combo de bebedores. Avistada la presa, este zángano alcohólico se arrimaba al grupo de chuposos con el cuento de que le habían robado todo el dinero de la quincena, lo que movía a compasión de los presentes que le permitían beber de gorra. Otras veces, después de participar deljolgorio alcohólico, casi al concluir la última ronda, Secante salía con el cuento de que lo habían llamado urgente de casa porque su mamá estaba grave en el hospital, saliendo raudo y veloz, dejando a los demás chuposos con la cuenta por pagar. En otra ocasión apareció con una botella, y entre risas, abrazos y chismes del vecindario, la colocó debajo de la mesa, aduciendo que esa era para el corte final, de manera que los chupateros, reunidos en franca camaradería, y tras un acuerdo, le permitieron empinar el codo sin pagar, hasta tanto abriera la botella que con tanta gentileza había traído. Pero esta vez, el mentao Secante, gorrero profesional, también se salió con la suya, ya que cuando vio que la última rondaba llegaba a su fin, puso pies en polvorosa y desapareció, a lo que sus colegas de juma y parranda, procedieron a abrir la tan publicitada botella, encontrándose con que contenía agua y nada más que agua de Laguna Alta. Desde esa vez, la camarilla de aguardentosos se propuso no permitir más engaños y prometieron darle su escarmiento a Secante. Y así fue que, un día, este gorrero de tuerca y tornillo como dicen los políticos, entró en un lupanar insalubre ubicado a un costado del mercado público, sin saber que en una mesa lo estaban esperando para darle su escarmiento. Acto seguido, el combo aguardentoso lo invitó a disfrutar de la ronda de cervezas, lo que aceptó gustoso, pero cuando ya estaba en fuego, alguien le cambió a Secante el vaso de cerveza por otro que contenía alguna sustancia extraña, preparada especialmente para esa memorable venganza. Ingerida la pócima vomitiva, sintió Secante los primeros retorcijones en el estómago y unas ganas incontrolables de defecar. Se levantó de la silla, pero en ese instante sintió una ola de calor que bajaba por las mangas de los pantalones, mientras se dirigía apresurado a la puerta dejando tras de sí un insoportable hedor a caca. Ya en la calle, solo atinó a agazaparse detrás de un tinaco donde expulsó todo el contenido gástrico ingerido durante el día. De apuro, en una ambulancia que pasaba por el lugar, fue llevado hasta el cuarto de urgencias, donde los galenos procedieron a rehidratarlo debido a la pérdida de líquidos que sufrió. Hace unos días, ya repuesto del susto, Secante entró a una de las cantinas, y de repente, observó a sus antiguos compinches de guaripiten que le habían hecho la jugada, por lo que salió en estampida. Mientras huía como alma que lleva el diablo, en la mesa, el combo de borrachos hacía coro escuchando el traganíquel que entonaba a todo volumen la cumbia de Manuel de Jesús Ábrego, El gorrero llegó… el gorrero se va…(Colaboración de Carlos Acevedo)