El florista

El cuarentón Alexis, que no era feo ni malagente, aparte de eso, según sus ‘víctimas’, tenía un buen meneo y un equipo responsable, viví...
  • lunes 28 de noviembre de 2011 - 12:00 AM

El cuarentón Alexis, que no era feo ni malagente, aparte de eso, según sus ‘víctimas’, tenía un buen meneo y un equipo responsable, vivía muy preocupado por el momento triste en que se le apagara su virilidad. Su obsesión y terror ante ese momento lo llevaron a poner en práctica cuanta receta le daban para retrasar esa hora, en esas averiguaciones supo que había un tratamiento ya probado con éxito en China y en varios países de América y Europa, que era tan efectivo que hasta los ancianos nonagenarios podían hacerlo sin problemas y sin ayuda de pastillitas ni consejitos de loco. Cuando supo que el tratamiento costaba sus buenos reales dejó el trabajo en el ministerio que vela por nuestra salud y se dedicó a vender flores, porque esa ocupación sí daba plata. Ya para esos días se le había agravado tanto la preocupación por el posible momento que no podía oír las palabras bajó, cayó o caído, y menos impotencia, porque entraba en una crisis de tristeza que no podía hacer nada de nada. Por esa falta de acción, su mujer dio por hecho que tenía otra y rápido se fue donde una ‘bruja’ que le dio una receta infalible para que Alexis no pudiera hacer nada, porque ‘si no hay para mí, no hay para ninguna otra’, repetía la mujer llena de rabia y de celos. Y por supuesto que no dijo nada cuando Alexis comentó que el café tenía un sabor raro. ‘Debe ser por los medicamentos del tratamiento para que no se me baje nunca’, pensó Alexis, quien le había ocultado a su mujer todo ese asunto sin importarle lo que ella pensara acerca de qué hacía la plata.

La noche en que se cumplieron tres meses sin atención íntima, Alexis, que estaba medio recuperado, se metió en la cama cantando ‘Este cholo quiere que le den su ‘rana’. Cantaba tan bien que su mujer, que lo amaba profundamente, olvidó sus celos y la receta de la bruja, y buscó enseguida dónde pegar su boca, pero se encontró con que aquel pedazo estaba dormido, totalmente dormido, débil e indefenso. Fue cuando recordó los polvos que a diario echaba en el café de Alexis. Al día siguiente, aún avergonzado por haberle fallado a su mujer, Alexis llegó al consultorio dispuesto a enredarse a puñete limpio con el mismo director, quien lo recibió enseguida y le preguntó a qué se dedicaba. ‘Soy florista’, respondió Alexis, el doctor se levantó emocionado y le dijo: ‘Florista, qué emocionante, flores y flores’, repetía mientras lo manoseaba. A Alexis se le juntaron todas las horas de sol y de lluvia que había aguantado vendiendo flores para reunir el dinero del tratamiento y atacó al doctor, quien tampoco se quedó quieto. Formaron tal algarabía que la secretaria asustada llamó a la Policía que no tardó en llegar. La administración del consultorio clandestino presentó tantos cargos en contra de Alexis que lo mandaron a guardar por muchos días. Cuando su mujer llegó a visitarlo a la cárcel, Alexis tuvo que contarle la verdad. Y fue cuando ella comprendió el error tan grande que había cometido…