Donde hubo fuego…

‘ Muerto el perro se acabó la rabia’, dijo Ester cuando oyó el ruido del motor del carro de Gonzalo, quien la dejaba para irse tras un t...
  • lunes 10 de septiembre de 2012 - 12:00 AM

‘ Muerto el perro se acabó la rabia’, dijo Ester cuando oyó el ruido del motor del carro de Gonzalo, quien la dejaba para irse tras un trasero elegante y, según él, fino y de paquete. Pensó que la ausencia del autor de sus males la aliviaría del sufrimiento de los celos que durante los nueve años de convivencia la atormentaron noche y día. Al fin voy a descansar de esa agonía, había dicho 53 veces en esa tarde a todas las amigas y conocidas que la llamaron para darle ‘el pésame’ porque Gonzalo la borró de la lista.

Y siguió con la lacalaca del mismo tema todas las semanas siguientes, a todo el mundo le repetía: Muerto el perro se acabó la rabia, pero lo cierto era que la rabia seguía ahí, a tal punto que ya nadie en el trabajo quería comer ni parquear con ella, porque todos los minutos se les iban en oírla decir que ya era feliz y que Gonzalo no volvería a tocarla jamás. ‘Esta fruta no vuelve a probarla’, decía una y otra vez.

Fue por esos días que se le ocurrió cobrarle un dinerito que su ex le había quedado debiendo, de manera que se le presentó en el trabajo a poner en blanco y negro el cobro de los 500 panchos.

Gonzalo pegó el grito al cielo cuando ella le recordó la deuda, y prometió pedir un prestamito en la empresa para pagárselos constantes y sonantes, pero Ester casi lo obligó a aceptar que le pagara una letra quincenal y cómoda que ella vendría a buscar.

Y así lo acordaron, de manera que ahora Ester vivía para esperar la quincena e ir a buscar los diez dólares, que fue todo lo que Gonzalo dijo que podía pagar. Y gastaba seis en taxi para ir y venir, más los dulcecitos que le llevaba al ex sumaban otros tres rúcanos, de manera que solo le quedaba un dólar de la famosa cuenta.

La cobradera quincenal duró hasta que una lengua viperina le echó el cuento a Layra, la nueva quitafrío de Gonzalo. La mujer prohibió en el acto la presencia de Ester en la empresa.

‘En adelante se los envías a su trabajo o se los depositas en la cuenta, cualquier cosa menos ella jodiendo en tu trabajo’, sentenció Layra y Gonzalo hizo patente el refrán ‘Trasero culiso pone al hombre a lamer piso’, de manera que le avisó que enviaría un emisario a dejar el dinero.

No lo acepto, ¡¡¡no es no!!!, gritaba Ester totalmente descompuesta. Se fue al trabajo del ex antes de que este enviara el dinero. Airada le reclamó que por qué había cambiado el acuerdo.

El eco de la gritería de Ester llegó a oídos del gerente, un hombre recto y estricto.

¿Qué pasa?, preguntó cuando vio a Ester reclamándole a Gonzalo. Ella se adelantó a decir que él le debía un dinero y que, pero el gerente no la dejó continuar y preguntó cuánto era.

Y la tomó del brazo hasta la oficina, donde la hizo esperar a que le trajeran un cheque con el total adeudado por Gonzalo. ‘A él se le descontara de su salario, señora, pero no quiero verla más por acá’, le dijo el jefe y Ester salió con el cheque en las manos temblorosas.

Más tarde, en su trabajo, sus compañeras lograron convencerla de que fue lo mejor. Te estabas haciendo daño viéndolo cada 15 días, recuerda que donde hubo fuego, cenizas quedan. No sea que de esposa pases a ser querida.