Corazón enamorado es tonto y ciego

Alguien de lengua soez dijo una vez: Una mujer enamorada es como una mula en bajada. Y aunque muchas se sintieron tremendamente ofendida...
  • miércoles 04 de julio de 2012 - 12:00 AM

Alguien de lengua soez dijo una vez: Una mujer enamorada es como una mula en bajada. Y aunque muchas se sintieron tremendamente ofendidas, sobre todo por la comparación con este animal estéril, algunas, con su actuar cuando las flecha Cupido, dan pie a darle veracidad a las palabras del lengüiflojo; entre estas estaba Leonor, la dulce enamorada de Josué, quien llevaba nueve años jugándole la pacheca con el cuento de que estaba solterito y casto, y que se casarían apenas todos los panameños dejaran de sufrir el angustioso problema de la escasez de agua potable, pero la realidad era que el caballero ya había ido a decir el sí y tenía tres pelaítos varones.

Fue el pobre abuelito de Leonor una de las primeras víctimas de la alelazón de ella, quien le partió el bastón en la calva cuando él se atrevió a sonreír al escuchar que Josué se iba porque uno de los sobrinos estaba de cumpleaños.

‘Claro que tiene que irse, los papás deben cantarle el Feliz Cumpleaños a sus hijos’, dijo el vejete y sonrió.

‘Esos no son sus hijos, son sus sobrinos’, le gritó la nieta, pero el viejo insistió y agregó: ‘Abra los ojos, mi hijita, no se olvide de que mi tía Pepita envejeció esperando al hombre que no se divorció’.

Cómo se te ocurre abuelo decir que Josué está casado, tú lo que tienes es envidia porque ya no puedes enamorarte.

‘Envidioso, pero no pendejo’, dijo el vétero antes de que la furia de la hija de su hija lo bastoneara por hablador.

Aparte del abuelo estaban en la lista negra de Leonor las tías, primas, su propia mamá y las vecinas que sí veían lo que ella no veía.

Esa mañana, nada amenazaba con romper la paz del vecindario ni nadie recordaba que los gringos estaban de fiesta, excepto Mary Ann, ex María Ana, seguidora de todo lo que oliera a USA. Fue ella la que inventó comprar unas cervecitas para celebrar la independencia del país del que fue presidente Abraham Lincoln, cuyo asesinato, en 1865, fue el primer magnicidio en Estados Unidos y quien dijo: ‘Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo’. Quizás fue recordar esa frase lo que motivó a Mary Ann a ‘comentar’ que había visto a Josué comprando una cuna de segunda en la calle del Medio. El comentario cayó y enseguida surgió la reacción. Unas damas aseguraban que era para su cuarto hijo por nacer, y el resto decía que ya el bebé había nacido. Se callaron cuando vieron venir a Leonor, quien las miró con odio, enterada ya por su madre de los comentarios.

Se abalanzó sobre Mary Ann y la abofeteó tres veces antes de que ella y las otras reaccionaran, pero no pudo desquitar ni uno de los muchos puñetes que le dio la gringuera cuando salió de la sorpresa. Luego le fue imposible zafarse, la fiestera la tomó por el pelo llevándola hasta una zanja, donde la rescató un primo, a quien Leonor guanteó cuando este afirmó que la veci gringa tenía razón, pues ‘nadie compra cuna para el gato’.

El primo asimiló los primeros trompones, pero luego, cabreado, le gritó a la enamorada Leonor que Josué sí estaba casado. ‘Es más, sé dónde vive y te llevo cuando quieras para que te convenzas’, pero ya la enfurecida incrédula había llamado a la Policía exigiendo que vinieran pronto porque unos orates la querían matar.

Josué llegó a visitar a Leonor justo cuando los encargados de poner orden se apersonaban a hacer su trabajo. Y, para ir por delante, salió a explicarles a los policías que las vecinas y el primo querían atacar a la pobre muchacha.

En el apuro no vio que uno de los policías era su vecino, quien, sin ninguna mala intención, lo felicitó delante de todos por la nueva bebé y palmeándolo le dijo: Suegrito, vaya sembrando el palito de limón.

Los presentes enmudecieron, Leonor se tapó la boca para que nadie oyera su grito y se refugió en un cuarto, de donde salió casi enseguida a repartirles batazos al primo y a Mary Ann.

Los policías cargaron con todos para la corregiduría, donde a Josué no le quedó otra que decirle la verdad a Leonor.