La cola al diablo
- lunes 28 de marzo de 2011 - 12:00 AM
Desde que conoció al hombre de su vida le agradece al cielo que no es como los vecinos, que no salen de las cantinas, andan con mujeres alegres y lo peor, que no le dan cariño a sus mujeres, porque son de los que dicen que la mujer es de la casa y los hombres de la calle.
Así se inicia la vida matrimonial de Carlos Alberto y María Soledad, pero al final del primer año quedó como su nombre: en soledad, porque más pudieron los malos consejos de los mal llamados amigos, que el amor de su esposa.
María Soledad se casó con Carlos Alberto, un hombre hasta entonces sano, que pertenecía a una iglesia, en la que se propugnaba por ‘cero licor, cero cigarrillos, cero mujeres alegres y más fe’.
Ambos iban a la misma congregación religiosa, eran el ejemplo de los los vecinos, quienes no salían de las cantinas del barrio, los juegos de futbol y que decir cuando en alguna parrillada ponían una pantalla gigante para ver las peleas de Chemito o del Nica Concepción, eran cervezadas a tutiplén hasta la madrugada.
Con el pasar el tiempo, Carlos Alberto miraba como disfrutaban de la vida sus vecinos y eso le provocaba, por eso en una ocasión se metió en una de las cantinas de Río Abajo, lo que dejó perplejo a los amigos, pero aceptó tomarse solo tres pintas.
Desde entonces Carlos Alberto iba al bar del barrio, dejó de asistir a la iglesia, peleaba con su esposa, por que ella no sabía cocinar el arroz o la camisa estaba mal planchada, pero María Soledad ya conocía sobre las andanzas de su marido, sabía que siempre estaba acompañado de amigos y mujeres del mal vivir, por eso decidió tomar el asunto por los cachos y darle una solución.
Pero María Soledad decidió agarrar al diablo por los cachos para no perder su hogar y para ello tuvo que dejar a su hijo en manos de su abuela materna.
Un viernes en la noche, María Soledad y otras mujeres de la iglesia entraron en la cantina, agredieron al cantinero, a quien llamaron diablo, y a algunas mujeres de la vida fácil, y se formó tremendo revulú, donde tuvo que intervenir la policía, que cargó con todas para la estación de Río Abajo.
Carlos Alberto se enteró de la pelea de su mujer cuando el dueño de la cantina lo llamó para exigirle que pagara los daños al local. Cuando llegó a casa, le reclamó su actitud, pero recibió un garrotazo en la cabeza que lo dejó turulato. La propia María Soledad tuvo que llevarlo al hospital, porque la herida era grande.
Ambos regresaron a casa y Carlos Alberto prometió que retomaría el buen camino. Dejó de ir a la cantina, participa en las congregaciones de la iglesia, siempre vigilado por su esposa, quien sabe que su marido es de carne débil y podría volver a caer en las manos de las mujeres fáciles, de esas que abundan en todas las esquinas, no solo p porque es guapo, sino porque gana buen salario, como pasa barco en el Canal.
Los amigos y vecinos no han dejado de invitarlo a las cervezadas, pero el hombre los rechaza, pues entendió que pimero debe ser su hogar, porque cuando lo puso en segundo plano, le vio la cola del diablo y era fea, bien fea. Imagínese como será verle el cuerpo entero.