Se cansó del maltrato

Acostumbrado a las poncheras, a gastarse el dinero en parrandas con los amigotes, a salir con otras mujeres y, lo peor, a reclamar comid...
  • domingo 26 de diciembre de 2010 - 12:00 AM

Acostumbrado a las poncheras, a gastarse el dinero en parrandas con los amigotes, a salir con otras mujeres y, lo peor, a reclamar comida caliente cuando llegaba de madrugada a casa. Así era Toñito con su mujer, Yolanda. Ella era una hermosa trigueña de nalgas voluptuosas, senos pequeños y cabellos lacios y negros.

Yolanda le advertía a su esposo que algún día encontraría a otro hombre que la tratara mejor y que se iría de la casa por la mala vida que él le daba. Pero el hombre se reía de esas amenazas y le aseguraba que jamás podría encontrar a otro mejor que él, a parte que otras mujeres se mueren para que sea su marido.

A la casa de Toñito y Yolanda, ubicada en Paraíso de San Miguelito, siempre llegaba Mustafá, un árabe, descendiente de egipcios, que hace años llegó a Panamá y se dedica a la venta de perfumes, sábanas e inciensos. Cuando Mustafá llegaba a Paraíso, siempre lo hacía a eso de las 10:00 a.m., cuando Toñito estaba trabajando en un comercio de venta de repuestos de auto. El árabe vendía a crédito perfumes como Jai Jhel E Lia y Jai Mate Da, que sirven para el amor y la fortuna. Pero a Yolanda le vendía más barato y un día hasta le regaló una muestra de perfume, un hilo dental y un topcito que ella aceptó con gusto.

La sufrida Yolanda tenía que soportar la humillación de Toñito, mientra que Mustafá siempre aparecía con regalos baratones, pero que ella veía como joyas preciosas porque Toñíto nunca le regalaba pero ni un caramelo Chupa Chups. Se hicieron amigos, ya que siempre la mujer estaba sola. Esto causó envidia entre algunas vecinas que querían enamorar al árabe, que lucía una barba larga, que lo hacía más varonil.

Una mañana el árabe Mustafá le llevó desayuno a Yolanda, a quien le recomendó que no tomara café, porque era malo para el cutis. Por eso, ese día ambos tomaron una bebida de hojas de mango y otras hierbas sacadas de su patio en Paraíso.

Mustafá sabía que Yolanda era una mujer maltratada, porque se le veía en el rostro. Pero Toñito no sabía de las visitas y regalitos que Mustafá le hacía a su mujer. Toñito no se fijaba en la cantidad de perfumes y checheritos que su mujer tenía en la cómoda, ni de las sábanas nuevas y el incienso que animaba el ambiente en esa casa de Paraíso.

Las vecinas le habían advertido a Toñito sobre la visitas del árabe, pero este no le puso atención, porque aseguraba que Yolanda nunca se atrevería a hacer eso. Pero la Yolanda aprovechó el exceso de confianza de su marido para permitir que Mustafá se quedara en la casa hasta el medio día. Y así lo hacía de lunes a viernes.

Un viernes de fría lluvia, Mustafá la agarró por el brazo, la besó y la llevó a la cama. Ella le dijo que esperara un momento, se metió al baño y salió con el hilo dental y el topcito que le regaló el árabe. Mustafá la desnudo y la puso a disfrutar de las mil y una noches. El hombre le practicó técnicas sexuales que hasta ese momento eran desconocidas por Yolanda. Ese romance duró tres meses, hasta que la mujer decidió coger el toro por los cacho, mejor dicho al camello por la joroba, sacó sus ropas y se mandó a perder con el árabe, quien se la llevó para su harem. Cuando entró en la casa del árabe, se dio cuenta que él tenía otras tres mujeres viviendo ahí.

Yolanda quiso retroceder, pero ya era tarde. Además, ella misma se decía que Toñito tenía una mujer oficial a quien trataba de la patada y ella era la cuarta mujer de Mustafá y a todas la trabaja como reina. Así que prefirió se parte del harem.

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