Borracho no quema
- domingo 26 de julio de 2015 - 12:00 AM
Andrea no se andaba con cuentos a la hora de regañar a su marido Tiburcio, el único amor de su vida, el único que conocía sus honduras y sus humedades. Lo amaba desde la niñez y su mayor orgullo era decir que ella era mujer de un solo hombre. ‘Yo no me le pudo abrir a cualquiera, Tiburcio es el único que me moja, no hay otro y por eso le perdono sus borracheras, eso sí, apenas le pasa la borrachera le canto todas las verdes y las maduras, no tengo pepitas en la lengua', decía y los oyentes se burlaban diciéndole que por gusto le cantaba las verdades si no actuaba. ‘Tienes que dejarlo para que veas cómo reacciona y deja la borrachera', le advertían, pero Andrea pensaba que una cosa era amenazarlo y otra era cumplirlo.
Una vecina cansada de la lloradera y quejadera de Andrea le dijo que le diera un ultimátum, que le recordara que él era un arrimado y que lo iba a sacar de la casa por la vía legal. Andrea lo pensó y al atardecer le contestó a la vecina que ella prefería cargar con el borracho que quedarse sin marido, y le dio la razón de su decisión: Sabe qué, vecina, el hombre borracho tiene una ventaja, que no pone cachos, el mal de ellos nada más es el guaro, pero no andan como el suyo y como los otros mirando de cuál nalga pegarse, así que yo me quedo con el mío, que borracho no quema.
La vecina no quiso formar lío y solo le dijo ‘allá usted, eso sí, resígnese a mantenerlo y a trabajar sola para salir adelante, porque ya a Tiburcio lo han botado de diez trabajos y nadie le quiere dar empleo por borrachón'. La conversación entre las vecinas quedó en ese punto hasta el siguiente domingo, cuando vieron a Tiburcio todo el día en la casa oyendo música romántica y ‘sequecito'. El hombre al fin está cogiendo consejo, rumoraba el vecindario hasta mediados de semana que lo vieron, también sobrio, comprando unas cositas en el minisúper.
Ya el runrún del cambio de Tiburcio había cogido fuerza cuando llegó Andrea al juego de bingo del club navideño y soltó el llanto; entre hipos les contó que Tiburcio ya no tomaba, pero ahora ‘no se le para ni para un polvito de gallo' exclamó la mujer y varias trajeron alcohol para frotarle porque esta se retorcía y decía que le dolía el alma. Uno a uno fueron recogiendo los granos de maíz y de frijoles para escuchar a la mujer que clamaba por una solución. Una de las jugadoras aseguró que cuando el marido se le puso frío fue porque andaba encocorado con otra, pero Andrea gritó que eso era imposible, que Tiburcio no andaba con esos pensamientos, que lo de él era la pinta nada más.
Nadie pudo convencerla de que a lo mejor Tiburcio andaba en algo; eso es imposible, él no es de eso, repitió la sufrida mujer hasta la tarde en la que regresó del supermercado y no halló al marido. Corrió como loca a las catorce cantinas del pueblo, pero en ninguna le dieron razón de Tiburcio. ‘Tiene días que no viene por aquí', repetían los borrachines sin dejar de mirarle las tetas que subían y bajaban al ritmo de la respiración agitada de ella. Pasaron tres días en esa agonía y Tiburcio ni llamaba ni volvía al hogar. Un sabio del vecindario le aconsejó que pusiera una foto de él en la televisión dándolo por desaparecido y Andrea se gastó sus ahorritos en la publicidad del marido perdido. Casi al anochecer recibió la llamada que para ella fue peor que si le hubieran anunciado que su Tiburcio había muerto. Su único hombre se había enamorado de otra con la que vivía desde que dejó el hogar. ‘Y ahora sí trabaja y ya no toma guaro', le dijo la otra por teléfono a Andrea, a quien las vecinas tuvieron que ‘atender' mientras asimilaba el golpe.
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Única: Yo solo me mojo con él.
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Elección: Todo menos quedarme sin marido.