Bien cotizado (parte 2)
- viernes 03 de enero de 2020 - 12:00 AM
Como recordarán, el viejo Lolo pasó de ser un pata en el suelo para convertirse en un don y bien cotizado por las guiales. Y no estamos hablando de cualquier tipo de guiales. Guiales de esas que apenas comienzan la veintena y parecen de esas que salen el la televisión en pantalones cortos y mojados. Ese cambio repentino del viejo levantó tanta ronchas en el mercado San Felipe, donde otrora mataba las horas para no sancocharse en el cuartito de alquiler donde vive desde hace mucho tiempo.
Fue así que dos damas del mercado se propusieron investigar, o más bien, ‘vidajenear' cómo había sido la transformación del viejo de patito feo a un cisne. Las señoras esperaron el día y la hora adecuada para seguir al don, sin que él sospechara que lo estaban siguiendo. Un martes, el don fue por los chances clandestinos que le compraba religiosamente a la Chanita, que por suerte es la única que los vende divorciados, así como lo lee, se la pasa gritando a pulmón limpio, que en su tablero solo vende chances solteritos como ella, y eso que ella tiene casi 70 y así se mete en el rango de los solteros.
Don Lolo compró los 04, su fecha, y se sentó a esperar. A las pocos minutos llegó la Fula con que lo vieron la vez pasada. La joven se le colgó del cuello y lo besó hasta en el pescuezo. Demoraron unos pocos minutos y se marcharon, uno al ladito del otro, así como caminan las madres con los hijos pequeños, bueno, antes cuando no habían esos cordones con que los amarran ahora, para que no se pierdan. Los tórtolos se detenían a los pocos metros, quizás para que don Lolo tomará aire, a sus años esas caminatas largas le exprimen el cuerpo.
En la segunda esquina se detuvieron como acordando cuál sería el rumbo. Para alborotar los celos de los transeúntes, la Fula le dio su par de besuqueadas hasta en las orejas. En la entrada de un edificio de tres plantes se perdieron. Digo que se perdieron porque esos locales comerciales tienen un cordón de plantas que pierde a la gente cuando entra. Las dos investigadoras, a unos 10 metros de distancia, no sabían qué hacer y se metieron a un café. Pidieron unos refrescos y se pusieron a especular todo lo que pasaría en aquel cuarto que alquiló la parejita de tórtolos. La gente entraba y salía y las dos investigadoras con la mirada a la entrada de la pensión. En eso estaban cuando entró el marido de una de ellas. La mujer calmó al man con el cuento de que a la compañera de trabajo le había pasado una cosa terrible y la invitó a tomarse ese refresco y que ya se estaban yendo. Cuando las dos mujeres se alejaban, escucharon una ambulancia y pensaron que se dirigía urgentemente a la pensión donde se había metido el viejo Lolo y la Fulita. Continuará.