La astucia de la geisha

V iste, yo te estoy diciendo que él no es pato, dijo uno del grupo que bajo la sombra de un corotú trataba de aliviar el sofocante calor...
  • lunes 29 de agosto de 2011 - 12:00 AM

V iste, yo te estoy diciendo que él no es pato, dijo uno del grupo que bajo la sombra de un corotú trataba de aliviar el sofocante calor de agosto.

¿Quién le haría ese chupete?, preguntaban otros mientras don Pablo se acercaba a ellos para que le devolvieran, por fin, su periódico del pueblo que todos los días compraba y que luego circulaba de mano en mano hasta cerca del mediodía cuando podía él echarse a leerlo.

Don Pablo, de 51 años, tenía tres décadas de residir en esa barriada y jamás le habían conocido una compañía femenina. Por eso, todos los comentarios de la gente ocupada y la desocupada giraban en torno a si bateaba o no para el otro equipo. Eso sí, ni la cara ni el cuerpo ni las maneras ni su habla, nada, absolutamente nada en él daba indicios de que era.

Las más afanadas y virulentas para tratar el tema de don Pablo eran Gringa y la Geisha, la primera, una mujer menudita y trigueña que siempre cantaba ‘dizque’ en inglés, y la segunda, una guna alta y delgada que aprovechó sus rasgos para imitar con su peinado y maneras, a estas famosas japonesas. Las dos, en varias ocasiones, cuando los reales escaseaban, habían ido a la casa del vétero a negociar préstamos y dádivas, pero él nunca había cedido a sus solicitudes, por eso, para desquitarse, ellas andaban pendientes de cualquier detalle. En cuanto le vieron el chupete que orgulloso lucía, la Gringa empezó a rumorar que a lo mejor se lo había hecho él mismo para callarle la boca a la gente.

Fue la fiesta de los quince años de la hija de la vecina, la ocasión que la Gringa y la Geisha consideraron propicia para develar el misterio.

¿Una cervecita don Pablo?, preguntaba la Gringa y casi enseguida aparecía la Geisha, más saus, más ensaladita, ¡qué se le antoja don Pablo?

A la hora que empezó el baile las dos se lo disputaban pieza tras pieza, hasta que ambas le pidieron que las acompañara a la casa de La Gringa a buscar el regalo que, qué vaina, se le había quedado allá.

A pesar de que Gringa había ideado todos los detalles de la seducción, a la hora de entrar en acción le afloró todo su complejo de mujer escasa de carnes y de formas por lo que casi no hizo otra cosa que sobarle la mano al don y luego olerla y llenarla de besos. Mientras, la Geisha, con el ardor propio su raza, se le sentó en las piernas hablándole en japonés, cosa que elevó al ánimo de don Pablo que empezó a accionar acariciando los diminutos senos. Gringa, avergonzada y asustada, para ayudar le quitó los zapatos y las medias y fue al baño de donde salió sin ser vista y se situó en un punto que le permitía complacerse mirando cómo la amiga descubría si era o no era.

La Geisha, para calentar el ambiente, se desnudó y le presentó una danza tan espectacular que don Pablo se puso a millón, luego le dijo muchas frases, que aunque él no entendió, sí lo excitaron muchísimo porque a él se le antojaba que eran frases vulgares dichas en japonés. Todo esto a la vista de Gringa que en su rincón luchaba para dominar su deseo de integrarse y disfrutar de ese falo enorme y rosado al que la Geisha le regalaba un largo masaje bucal. Luego, para aumentar más su calvario, alcanzó a ver cuando sus vecinos, entregados al más loco frenesí sexual, cabalgaban por sus sillones recién comprados. No pudo evitar que se le escapara un grito cuando vio que el asunto tomaba otra vía, cosa que la asustó muchísimo pensando que le dolería a su amiga, pero por fortuna se tranquilizó pronto porque la Geisha exclamaba unos gemidos tan placenteros que no pudo más y se integró al grupo pidiendo su parte. La súbita aparición confundió a don Pablo, quien con violencia le hizo un par de chupetines que en lugar de calmarla la enloquecieron más.

Enfurecida porque don Pablo solo quería estar con la Geisha los amenazó a gritos que llamaría a la Policía si no se iban de su casa. Y como no había manera de apartar a esos cuerpos entregados al placer, hizo realidad su amenaza , pero, para fortuna de los amantes, las autoridades se demoraron tanto en atender el pedido de auxilio que cuando llegaron ya ambos estaban en la casa de don Pablo perdidos en los más intrincados rincones del placer sexual.

Al día siguiente, bajo el árbol de corotú, la Gringa exhibía, orgullosa, los minúsculos chupetes que don Pablo le había hecho.

El barrio entero se sorprendió cuando al atardecer un camión mudó las pertenencias de la Geisha para la casa de don Pablo, quien no era. Resultó ser un machazo...