Amores que matan
- sábado 30 de junio de 2012 - 12:00 AM
A pesar de que vivió los primeros veinte años de su vida oyendo a su abuela decir: Cada loro en su estaca, a Eloy se le olvidó el sabio consejo y en cuanto se casó con la curvilínea Sarita empezó a andar de estaca en estaca, lo que mermaba tanto su presupuesto que llevaba a su casa un tercio de lo que le correspondía. Fue esto lo que motivó a su hermosa mujer a hacer los famosos chances clandestinos en cuya venta se enredó con el chino Lam, quien le puso casa y billete al día apenas ella salió del hospital, adonde la mandó Eloy con el rostro vuelto leña cuando supo que en su cabeza colgaban adornos asiáticos.
Ahora, casi un año después del suceso, Eloy andaba en un estado lamentable. En todos esos meses no había hecho otra cosa que rogarle sin éxito a la sensual Sarita que volviera a la casa con la promesa de que los panchos estarían a la orden del día y cuadriplicados. Además de la suplicadera lo habían llevado preso varias veces por embolillarse a puño limpio con Lam, a quien iba a insultar hasta cabrearlo y moverse de la caja a tirar guante. Y lo último, fue despedido del empleo por casi matar a golpes a su amigo del alma, quien por pura equivocación le dijo un día: Hey chino tú trajiste comida, yo traje un chaumín para los dos. Fue como ofenderle lo más sagrado. Se le fue encima desoyendo toda orden del gerente que a gritos le decía: respete el lugar de trabajo; luego pasó otro rato guardado porque un policía que vino a sacarlo una de las tantas veces del súper de Lam, dijo, al verlo con los ojos cerrados por los golpes del rival: Suban adelante al chino blanco y atrás al chino prieto. Aún esposado quiso entrarle a patadas al comisionado, quien no se anduvo con cuentos y le aplicó las leyes existentes y las que él inventó.
A pesar de toda esta cadena de pesares y de la negativa de Sarita, Eloy no perdía la esperanza, y se animó aún más cuando supo que de la lejana China había regresado la esposa de Lam, de manera que se fue al minisúper y le dijo que necesitaba hablar urgentemente con ella.
Mañana, hoy estoy recién llegada y muy cansada, dijo la china Yeny, pensado quizás que Eloy quería pedirle trabajo.
Tiene que ser hoy mismo, insistió Eloy. Dije que estoy cansada, viaje muy largo, se quejó la asiática, pero el cachudo se le acercó aún más y le dijo delante de una fila de clientes: Es que es muy urgente, de vida o muerte para los dos, usted está en peligro de perder a su marido.
La china Yeny lo miró asombrada y siguió cobrando, por lo Eloy se llenó de frustración y golpeó la caja diciendo: Oiga, china macaca, atiéndame que yo no soy ningún hp.
La china lo único que entendió fue macaca, y se sintió tan ofendida que le mandó un bofetón que lo tomó tan desprevenido que se fue al piso y fingió estar inconsciente.
Y siguió sin dar ninguna señal de conciencia hasta cuando llegó al hospital, donde con un hilo de voz pidió como un favor de moribundo que trajeran a Sarita.
Y con un habla pausada, lenta, de muerte, puso los ojos casi en blanco cuando su exmujer vino, y le preguntó: ‘Vas a volver conmigo Sarita, verdad’.
La bella ni dudó para responder con voz segura: No. Entre tu esposa y querida de Lam, mil veces lo segundo.
No se supo si también fue fingido, pero enseguida Eloy entró en una crisis de histeria pidiéndole a gritos a los doctores: Mátenme, mátenme, por favor.