El amor está en todas partes

A dán había pasado más de dos horas en una larga fila para comprar su tarjetita con la que podría subir al Metrobús, escuchando opinione...
  • jueves 16 de febrero de 2012 - 12:00 AM

A dán había pasado más de dos horas en una larga fila para comprar su tarjetita con la que podría subir al Metrobús, escuchando opiniones a favor y otras en contra. Fue en ese lugar donde vio a la mujer de sus sueños, a la que no se atrevió a abordar por esa timidez que desde niño lo había caracterizado.

Pero la suerte le sonrió abiertamente un día después, cuando la vio en la madrugada, tratando de abrirse paso entre el tumulto ‘sin tarjeta’ que trataba de abordar un diablo rojo.

‘No pudo comprar la tarjeta’, pensó Adán y, pese a que él sí tenía su ‘plata electrónica’, se unió al grupo que peleaba para subir al antiguo colectivo, pero no pudo sentarse cerca de ella.

En el trayecto se dedicó a observarla, atento a sus movimientos, pues ya había decidido bajarse cuando ella lo hiciera. Ensayó varias formas de abordarla, las repasó muchas veces mientras trataba de calmar los nervios que querían apoderarse de él y tumbarle todos sus planes.

Tras casi una hora de viaje, vio que ella metía la mano en su cartera, por lo que él hizo lo mismo y se levantó dispuesto a seguirla, cosa que logró a pesar de que sentía, además del cuerpo sudoroso, un ligero temblor en las piernas.

Bajaron uno detrás del otro. Fue cuando él pudo apreciar que las curvas de ella no tenían las medidas que él había creído ver el día anterior, pero aún así se animó y le preguntó qué le parece lo de las tarjetas. Ella lo miró y siguió caminando sin contestarle.

El desaire alteró el ánimo de Adán, quien nuevamente le preguntó qué le parece la medida del Gobierno de imponer esa forma de pago. La mujer lo miró y le dijo no joda.

Pero Adán no estaba dispuesto a dejar ir esa mujer que, aunque de espalda ancha, tenía una cara bonita, por lo que le dijo que lo disculpara, que solo quería saber qué opinaba del nuevo sistema de pago. ‘Ya le dije que no joda’, le gritó ella, y se alejó dejándolo desorientado y sin saber qué hacer.

Aún desorientado, se acercó a una fonda a comprar frituras para desayunar. Una muchacha sonriente, con curvas de impacto y cara de reina de Carnaval, le despachó su pedido y le preguntó cómo le fue hoy con las tarjetas de Sonda.

Entre mordiscos a la hojaldre y al bofe, Adán y la muchacha debatían sobre el nuevo sistema de pago. Fue en ese momento que escucharon un alboroto. Muchos de los presentes corrieron a formar un círculo en torno a los protagonistas del revulú. Adán, curioso como el panameño común, también se acercó a ver qué pasaba. Fue cuando descubrió que una de las protagonistas de la riña era la mujer que él había seguido en el bus. Pero su sorpresa y desencanto fueron mayores cuando vio a las otras revoltosas, ambas mujeres, las que con un lenguaje soez y a punta de puñete y arañazos se disputaban a la dama que con tanto celo él había seguido.

Y ya no quiso mirar más ni preguntarle nada sobre las tarjetas del Metrobús.

Regresó a la fonda, desilusionado, pero allí, a pesar de la numerosa clientela que a gritos pedía su desayuno y de la cara avinagrada del dueño exigiendo agilidad a las vendedoras, la dulce muchacha que lo había atendido le pasó un papelito grasiento con un número de celular y un mensaje: Llámame si quieres irte conmigo a carnavalear a La Palma.