El último guardián
- domingo 05 de abril de 2026 - 12:00 AM
Margarita de Castillo no llora solo por un hombre; llora por el fin de una era. Mientras sus dedos, surcados por el tiempo, acarician el marco de un retrato que parece quemarle las palmas, el aire en Chapala, Arraiján, se siente denso, cargado con el olor de la lluvia que no termina de caer y el rastro invisible de la sangre que nadie puede limpiar del todo. A sus 70 años, Margarita ha aprendido que la memoria es un cristal que se empaña, pero lo que ocurrió aquel viernes 10 de enero de 2014, es una mancha que ni sus lágrimas ni el paso de los años lograrán borrar.
Una estirpe de generosidad
La historia de Jaime Castillo no comenzó con su crimen a los 77 años, sino en 1939, cuando catorce miembros de la familia Castillo cruzaron fronteras desde México para echar raíces en suelo panameño. No llegaron como extraños, sino como fundadores. Se establecieron en el distrito de Arraiján con una filosofía que hoy parece de otro siglo: la prosperidad solo tiene sentido si se comparte.
Fue así como la geografía de Chapala cambió para siempre. El padre de Jaime, en un gesto de fe que definiría el apellido familiar, desprendió una porción de sus tierras para que los vecinos tuvieran donde arrodillarse.
Allí se levantó la capilla del Sagrado Corazón de Jesús. Incluso los santos que hoy observan desde sus nichos con ojos de madera fueron una donación de los Castillo.
Jaime creció a la sombra de esa iglesia, viviendo durante 41 años en la casa contigua, convirtiéndose en el guardián de una bondad que, para los delincuentes de la zona, terminó siendo interpretada como una vulnerabilidad.
Meses antes del fatídico viernes, la oscuridad ya había golpeado a la puerta de los Castillo. Un grupo de sujetos, movidos por la codicia de lo ajeno, irrumpió en la vivienda con la intención de llevarse una computadora.
En aquel entonces, Jaime no fue la víctima dócil que esperaban. Con la firmeza de quien defiende su territorio y su paz, empuñó una escopeta y disparó. Un herido, una huida en desbandada y una advertencia silenciosa quedaron flotando en el aire.
Pero en los barrios donde la ley de la calle impera, la defensa propia es vista como un desafío. Los malhechores no olvidaron el rastro de los perdigones. El rencor se volvió un huésped silencioso que esperó el momento oportuno.
La ironía del aniversario
El viernes del crimen no era un día cualquiera. Se cumplían 74 años desde que la familia Castillo había llegado a Panamá.
Jaime, un hombre de rituales y gratitud, caminó los pocos pasos que separaban su hogar de la capilla que su familia ayudó a construir. Fue a agradecer a Dios por el pan, por su fonda “El Milagro” que había levantado con su esfuerzo y sudor y, sobre todo, por la protección de su esposa y sus dos hijas que aún vivían bajo su techo.
Salió del templo con el alma ligera, sin saber que la muerte lo esperaba sentado en los linderos de su propiedad.
Eran cuatro los asesinos. Entraron con la ferocidad de quien no busca objetos, sino el cobro de una deuda de honor malentendido. No tocaron la caja registradora de la fonda. No buscaron joyas ni tecnología. Se dirigieron directamente al patriarca. Seis puñaladas, precisas y cargadas de odio, silenciaron al hombre que por décadas fue el ejemplo de civilidad en Chapala. Seis heridas que fueron, en realidad, el mensaje final de una delincuencia que no tolera la resistencia.
“No es porque Jaime esté muerto, ni porque haya sido mi esposo, pero él era muy bondadoso”, murmura Margarita recordando a su difunto esposo, y su voz se quiebra como una rama seca.
Se agarra el pecho, no solo por el dolor físico de la pérdida, sino para contener el corazón que parece querer escapársele tras los pasos de su compañero de 45 años de matrimonio.
Tras el brutal asesinato de Jaime, tres de los cuatro implicados fueron cazados por parte de la Policía Nacional, un consuelo para una comunidad que se sentía huérfana de seguridad.
En Chapala, los vecinos ahora miran lo que en su momento fue la fonda “El Milagro” y ven un rótulo que ahora suena a ironía. El verdadero milagro fue la vida de Jaime, un hombre inigualable que, en un mundo de lobos, eligió ser pastor.
Sus conocidos y amigos afirmaron que Jaime era un hombre de gran corazón, que sabía compartir con quien más lo necesitara. Jaime, a base de esfuerzos había logrado poner su propio negocio, cuyos ingresos servían para aportar el sustento diario de su familia.
Tras el crimen la policía capturó a tres de los cuatro pillos que cometieron el homicidio. Ahora están tras las rejas pagando por su crimen.
Hoy, 12 años después del asesinato de Jaime, sus vecinos lo siguen recordando y mientras el sol se oculta tras la capilla del Sagrado Corazón, la sombra de la iglesia se alarga sobre la casa de los Castillo, como si el edificio que él ayudó a sostener intentara ahora, finalmente, darle el abrazo y la protección que el mundo de afuera le negó.