‘Sin Tornillos’: el artista que desafía el asfalto de Panamá desde las alturas
- domingo 01 de marzo de 2026 - 12:00 AM
Se hace llamar ‘Sin Tornillos’, pero su nombre real es Juan Diego Martínez. A sus 29 años, este colombiano nacido en Sogamoso, Boyacá, ha convertido el semáforo en escenario y el monociclo jirafa en su nave para recorrer el mundo.
Desde hace unas semanas, su última parada es Panamá, donde se le puede ver elevándose varios metros sobre el asfalto en plena Calidonia, haciendo malabares mientras el reloj del tránsito marca el ritmo de su función.
“Mi mente no tiene tornillos, sino sueños y colores”, escribe en sus redes sociales. Y esa frase no es solo un eslogan artístico: es su manifiesto de vida. Dice que muchos creen que le falta un tornillo, pero él responde que le faltan “más de mil soles”. Esa mezcla de poesía callejera y rebeldía resume su esencia: un artista que decidió romper el molde y apostar todo por el circo.
Su historia comenzó en el 2014, cuando en su barrio, una fundación llevó un espectáculo circense. Un artista argentino le habló de viajes, voluntariado y escenarios abiertos. Aquella charla le sembró la inquietud. Aunque estudió un tecnólogo en control ambiental durante dos años, el llamado del circo fue más fuerte. Viajó a Rosario, Argentina, donde estudió cuatro años y perfeccionó su técnica.
La primera vez que salió a un semáforo fue un Día de las Madres. No tenía dinero y quería regalarle una rosa a su mamá. Con tres pelotas en la mano se paró frente a los autos y, entre nervios y esperanza, hizo su primer show. Ese día logró comprar la flor y llevarla a comer helado. Desde entonces, entendió que el arte podía ser también un puente para cumplir sueños sencillos.
En estos más de 10 años de trayectoria ha recorrido Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina y Brasil. En São Paulo vivió tres años y medio haciendo circo social en comunidades vulnerables.
Para él, el arte no es solo espectáculo: es herramienta de transformación. “El arte salva vidas”, repite convencido, mientras recuerda que en cada país ha intentado dejar una semilla en barrios humildes y comunidades indígenas.
Sin embargo, no todo ha sido aplausos. Ha enfrentado prejuicios, problemas con autoridades y miradas que confunden artista con habitante de calle. En Panamá siente que el arte urbano aún es marginado y que faltan espacios para que jóvenes aprendan disciplinas circenses. Aun así, en cada semáforo alguien se le acerca para preguntarle cómo aprender, cómo viajar, cómo vivir del arte.
Su misión en Panamá, dice, no es solo ganarse unas monedas durante los 90 días que puede permanecer en el país. Quiere conectar con fundaciones y llevar su espectáculo a barrios populares. Sueña con una carpa propia, con un gran escenario, pero mientras llega esa oportunidad, seguirá elevándose sobre el monociclo jirafa en medio del ruido de los motores.