Los hechos del 9 de enero y la amnesia colectiva (I parte)
- viernes 09 de enero de 2026 - 6:30 AM
Han pasado varios días cuando la inquisición tropical había fustigado, con fuertes argumentos, contra un grupo étnico, como un mago sacando conejos de su sombrero. Impulsivamente se vetó a los chinos de su condición de panameños, cubriendo el acto con un nacionalismo invisible y oportunista. Se gesticularon frases impropias mientras se invocaba a los mártires, cuyas glorias salían de las bocas de turno, pero que hoy, paradójicamente. vegetan en la más profunda indiferencia ciudadana.
Los guerreros institutores fueron utilizados como estandarte de una revolución fugaz y de un nacionalismo coyuntural, motivado únicamente por la búsqueda de aplausos y “likes”. Sin embargo, mientras las manecillas del reloj continúan su marcha implacable, permanece el recuerdo de aquellos jóvenes del 9 de enero de 1964, que expusieron sus vidas frente a la metralla de los Estados Unidos.
Mis queridos jóvenes institutores de la generación de 1964: con ustedes el país mantiene una deuda impagable de dignidad, una deuda que jamás podrá saldarse.
Con paso lento caminan hacia la Llama Eterna, el mismo lugar donde recibieron la avalancha de bombas lacrimógenas y la furia salvaje de la metralla gringa. Me niego a olvidar ese episodio histórico. Mientras la memoria de estos mártires sea la estrella que nos guíe, resulta inaceptable que el pequeño monumento que los honra se derrumbe, piedra a piedra, bajo el peso del abandono.
Hoy hablo de la amnesia colectiva, de la oscuridad mental que reduce una fecha sagrada a un simple día de asueto. Hablo de una sociedad que olvida a Ascanio Arosemena, miembro de la Cruz Roja, quien recibió un disparo en el hombro que le destrozó la arteria aorta y le causó la muerte. Hablo también de la imagen imborrable de la niña Rosa Landecho, abatida por un francotirador gringo. Prohibido olvidar a los colonenses que se enfrentaron cuerpo a cuerpo al ejército invasor y que sufrieron graves heridas causadas por bayonetas.
La muralla de resistencia que sostiene la memoria histórica del 9 de enero de 1964 se derrumba, abandonada por un nacionalismo de conveniencia. En medio de la indiferencia glacial solo permanecen en pie dos monumentos a los mártires: el ubicado en la parte trasera de la Asamblea Nacional y el que se desmorona cerca del Instituto Nacional. Cada año se recuerda la fecha, pero la paradoja persiste: no existe, por la amnesia colectiva, una verdadera iniciativa para honrar la gloria de los jóvenes de 1964.
Entre los caídos de este hecho histórico se encuentra Rosa Landecho, cuya autopsia describe con crudeza la violencia recibida: “Correspondiente al orificio de entrada se observa una destrucción completa de la articulación. La base del cráneo presenta líneas irregulares de fracturas. Se evidencia destrucción del maxilar inferior a nivel del mentón, con destrucción ósea, pérdida de piezas dentales y desgarro de la base de la lengua.”
Encéfalo: “La porción inferior del bulbo presenta una sección completa y destrucción irregular de la porción central del cerebelo.” (Protocolo de autopsia, enero de 1964).
En Colón se registraron las siguientes afectaciones: “Achurra, Marco Antonio: herida en el tobillo. Arauz, Catalino: herida penetrante en abdomen, pecho y cara. Aurelio Vernal Castillo, estudiante de 17 años: herida en muslo, cadera y antebrazo izquierdo; desgarradura del antebrazo izquierdo y fragmentos en la región glútea izquierda hasta la región sacroilíaca.”
(Protocolo de autopsia, enero de 1964).
Los acuerdos firmados entre Panamá y los Estados Unidos autorizaban izar la bandera panameña junto a la estadounidense, pero el acuerdo fue violado. Ante ello, los institutores, guardianes de una patria herida, tomaron la bandera y marcharon hacia la Zona del Canal. Era la marcha de la dignidad, y sabían que podía no tener retorno.
Al llegar a las astas, una muchedumbre gringa, junto con estudiantes del Colegio de Balboa, comenzó a lanzar insultos, profanando el sagrado acto de izar la bandera. La policía estadounidense atacó a los institutores; no había vuelta atrás. La tierra y los corazones de aquellos jóvenes de apenas 17 años ardieron, y la muchachada corrió hacia la ciudad.
La sangre y los disparos se hicieron presentes. Aparecieron los tanques y el equipo militar pesado mientras la metralla retumbaba. Las piedras volaban contra los soldados extranjeros. Las águilas de los aleros alzaron vuelo y las esfinges parecían custodiar la entrada del Instituto Nacional. La resistencia se sostuvo durante tres días y el invasor sufrió una de sus mayores vergüenzas. El sistema económico se volvió insostenible y la Alianza para el Progreso comenzó su abrupto declive.