La suerte del Oregón: La guerra de las rutas
- viernes 30 de enero de 2026 - 12:00 AM
El presidente norteamericano William McKinley, último veterano de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos de América, en enero de 1898 caminaba preocupado en el Despacho Oval, en espera de información proveniente de la isla de Cuba; la comunicación era intermitente, el telégrafo era el principal medio de comunicación y Estados Unidos estaba en control del cable telegráfico submarino que enlazaba La Habana con Key West, desde 1867.
En aquella época, en varias ocasiones, diferentes oficinas de guerra e inteligencia de los Estados Unidos habían intentado cortar el cable, con la finalidad de aislar a Cuba del resto del universo. Un hecho curioso había propiciado el ingreso de Norteamérica en los levantamientos dirigidos a la independencia de Cuba por patriotas en armas. Se había enviado un acorazado, con fines disuasivos, a La Habana, el “USS Maine”, en enero de 1898, cuyos fines eran proteger los intereses de los ciudadanos estadounidenses durante las revueltas cubanas contra España.
Pero, sorpresivamente, el 15 de febrero de 1898, el barco que se mantenía en el puerto de La Habana explotó, generando 266 muertos y únicamente 89 sobrevivientes. Los motivos de la desgracia no eran claros y los corresponsales enviados por los periódicos norteamericanos New York Journal, de propiedad de William Randolph Hearst, y New York World, cuyo dueño era Joseph Pulitzer, publicaron noticias consideradas —que con el tiempo fueron percibidas como amarillistas— en donde atribuían la explosión a un “arma secreta infernal” o a un “torpedo secreto” utilizado por España. Con el paso del tiempo, entendidos atribuyeron los hechos a “problemas en las calderas de la embarcación”.
El presidente McKinley no podía esperar mucho tiempo para tomar el control de la situación y el curso correcto de las operaciones. El acorazado “Oregón” sería el encargado de reforzar la presencia de Estados Unidos en el Caribe, pero el problema radicaba en “una urgencia de guerra que pasó del litoral pacífico al teatro de operaciones en la costa atlántica”.
Autores como Miles Duval Jr., en la obra Cádiz a Catay, hicieron las siguientes precisiones del evento:
“... Las nuevas responsabilidades engendradas por la adquisición de las Filipinas crearon la necesidad de construir un canal para la defensa nacional; débilmente dramatizada en el histórico viaje del ‘Oregón’ alrededor del cabo de Hornos en 1898, cuando en una urgencia de guerra pasó del litoral pacífico al teatro de operaciones en la costa atlántica. A la presión de las necesidades comerciales —aliviada por largos años con la apertura de los ferrocarriles transcontinentales— ahora se le agregaba la exigencia urgente de una adecuada defensa del nuevo imperio. Así se introdujo una etapa final de exploración. De acuerdo con un decreto aprobado el 3 de marzo de 1899, el presidente McKinley nombró una comisión de canal ístmico para emprender una investigación completa de todas las rutas, pero particularmente las de Nicaragua y Panamá, y recomendar la más factible.
Al crecer la tensión entre España y los Estados Unidos, se le ordenó pasar al Atlántico para reforzar las defensas costeras frente a un posible ataque español. El Oregón zarpó el 19 de marzo de 1898 hacia Florida, pasando por el cabo de Hornos, en un viaje de 13,675 millas náuticas, en el cual la tripulación sufrió todo tipo de penalidades, como falta de alimentos, agua potable y varios incendios debidos a la combustión espontánea del carbón. La travesía duró 66 días, hasta su llegada a Florida el 24 de mayo de 1898.
Al viaje se le conoció como “La suerte del Oregón”. Al llegar a Cuba, participó en la batalla naval de Santiago de Cuba, del 3 de julio de 1898, colaborando en la destrucción de la escuadra del almirante Pascual Cervera.
El subsecretario de Marina de los Estados Unidos en aquella época era Theodore Roosevelt, estadista, militar, historiador, escritor y político, quien estuvo influenciado de joven por Alfred Thayer Mahan, miembro del profesorado del Naval War College de Newport (Rhode Island), autor de la obra La influencia del control del océano en la historia. Roosevelt seguía los acontecimientos de manera metódica y silente; pensaba que la supremacía estaba en el mar y que Estados Unidos debía construir más de una docena de acorazados.
Como reconoce el autor David McCullough, en la obra Un camino entre dos mares, “el Oregón” era uno de los pocos acorazados que había entonces. Al respecto indicó:
“...El Oregón, uno de los poquísimos acorazados que había por entonces, hizo mucho por la causa de Roosevelt y Mahan. El buque se hallaba anclado en San Francisco cuando el Maine estalló en la bahía de La Habana, y se dijo que la victoria en el Caribe dependía exclusivamente de que el Oregón entrara en acción. Las órdenes que recibió desde Washington fueron que rodeara de inmediato el cabo de Hornos. Así pues, la mañana del 19 de marzo el Oregón emprendió una peligrosa carrera de 19,300 kilómetros, en lugar de 6,400 kilómetros que hubiese tenido que recorrer de existir el canal en América Central.
Roosevelt era una figura política en ascenso. El presidente McKinley, en las elecciones de 1900, lo destacó como su compañero de nómina y se convirtió en vicepresidente de los Estados Unidos. McKinley, al ser reelegido, afianzó su mensaje al indicar al Congreso de los Estados Unidos su posición dirigida a la construcción indispensable de una vía marítima.
El expresidente de Panamá Harmodio Arias Madrid, en su tesis de grado para optar por el título de doctor en Leyes en la Universidad de Londres en 1911, relata claramente el evento conocido como la suerte del Oregón y la necesidad de construir una vía marítima.
La explosión del “USS Maine” elevó la posición de Estados Unidos de actor disuasivo, con su presencia en La Habana, a actor principal en la guerra que posteriormente se llamó Guerra Hispano-Estadounidense, que potenció el control de Hawái, Puerto Rico y Filipinas. Pero el argumento más espectacular a favor del canal en Centroamérica lo aportó la suerte del Oregón, como también lo reconoce John Major en su obra La posesión más valiosa:
“...Pero el argumento más espectacular a favor del canal se pronunció durante la guerra con España en 1898, cuando el acorazado Oregón tuvo que hacer un largo viaje a lo largo del cabo de Hornos desde su base en Seattle para unirse a la fuerza de bloqueo frente a Cuba.
Empezaba el siglo XX y Theodore Roosevelt se asentaba en su nueva posición como vicepresidente de los Estados Unidos. McKinley era su mentor y consejero. Para la Exposición Panamericana de 1901, McKinley sufrió un atentado a quemarropa por el anarquista León Czolgosz; dos balas quedaron alojadas en su cuerpo y falleció posteriormente. En el evento se estaba promocionando la máquina de rayos X, la que, por su novedad, fue descartada por los médicos que atendían al presidente.
A los 42 años de edad, Roosevelt se convertía en presidente de los Estados Unidos. Fue el propulsor del “big stick” o “gran garrote” y el defensor número uno de la ruta de Panamá. En 1906 supervisó los trabajos del Canal de Panamá.