- lunes 21 de septiembre de 2026 - 12:00 AM
Guillermo Endara Galimany ganó las elecciones de la democracia vs la dictadura. Obtuvo el 71% de los votos, en unos escrutinios custodiados por la Iglesia Católica, frente al 24 % que sacó Carlos Duque, de la alianza de los militares, respaldada por el PRD.
Sin embargo, Endara no tenía liderazgo real, no dirigía al Partido Panameñista que puso los votos ni lideraba la estructura política que sustentaba al gobierno, pues eso lo controlaba la Democracia Cristiana.
Tampoco tuvo el respaldo de los grupos económicos. Además, tuvo un gobierno tutelado por el Comando Sur de los EE.UU., lo que generó el rechazo de sectores patrióticos que cuestionaron la invasión.
En la agenda política, la sociedad esperaba la reactivación de la economía, una nueva Constitución y la erradicación de la corrupción. Pero Endara no logró satisfacer las expectativas de la sociedad y el movimiento Civilista se fracturó en múltiples pedazos, que más adelante lo llevaron a la derrota electoral.
De hecho, en la siguiente elección, Ernesto Pérez Balladares logró alzarse con la victoria con el 33% de los votos, inaugurando en Panamá la era de los presidentes con minoría. Aunque el “Toro” sí tenía liderazgo real sobre el Partido PRD, que a su vez controlaba Ejecutivo y Legislativo.
Pérez Balladares pertenecía a los poderes económicos y consolidó el proceso de recuperación del Canal.
El Toro reformó la estructura económica del Estado a través de la privatización de los servicios públicos y empresas estatales, reformó las reglas electorales con las primarias, y logró un cambio constitucional parcial sobre el Canal de Panamá.
Desde 1994, el presidente de la República lo elige un tercio de los electores panameños, debido a la diferencia de intereses económicos y sociales que nos llevan como país a la división política.
En 2029 se vislumbra la vigencia de esta división de intereses. Y sin una visión unificadora, seguramente habrá múltiples candidatos en esos comicios, con el riesgo de que uno de ellos llegue a la Presidencia con menos del 30% de los votos, con el agravante de una Asamblea atomizada y gobiernos locales clientelistas.