El amor también visita los cementerios
- lunes 02 de noviembre de 2026 - 11:43 AM
Hoy, 2 de noviembre, Día de los Muertos, los camposantos se llenaron de flores, luces y colores. Cientos de personas visitaron el terreno donde un día el cuerpo de sus seres queridos desapareció entre un cajón cerrado y la tierra esparcida. La escena de este día conmueve a todos los que hemos perdido a alguien. El llanto de algunos era notorio.
Familias y amigos, abrazados, contaban historias de aquellos que hoy no están entre nosotros.
En un rincón, un hijo limpiaba la poca hierba que se resistía a morir. Otro hombre, luego de colocar flores blancas a la señora Rosario, permanecía con las manos cruzadas detrás de la espalda, mirando detenidamente el nombre escrito en la lápida.
Una niña correteaba entre las faldas de su abuela. La anciana se disponía a colocar florecitas naranjas, formando una especie de camino que llegaba hasta la lápida de su hija fallecida.
Otro don, de 75 años, arrodillado en el suelo, hablaba y acariciaba las letras del nombre de quien durante 45 años fue su esposa. «Es lo único que me queda de ella», alcancé a escucharlo decir a la hija que lo acompañaba.
Las emociones y los recuerdos estaban a flor de piel.
Curiosidades
E ingenio de los familiares para dejar bonitos los lugares de reposo era asombroso. El amor los mueve a mantener limpia, pintada y arreglada la tierra donde descansan sus seres queridos.
Mientras arreglaba el espacio, sentada en el suelo, una joven de 18 años le echaba cuentos de todo lo que había hecho durante el año a su tía difunta, quien la crió desde los cinco años.
El resplandor del sol se mezclaba con la brisa fresca y fuerte que, a su paso, agitaba los abanicos de colores colocados sobre las tumbas. El ingenio del panameño es admirable. Alcanzamos a ver banderas panameñas, cervezas, cruces, juguetes, alas de ángeles y otros objetos.
«Señor, por favor, ¿puede tomarme una foto con mi hermana?», le pidió otra doña a un transeúnte que pasaba. La foto: ella junto a la tumba de su hermana.
En mi recorrido visual vi incluso coolers, paraguas, sillas y comida. Pensé: «¡Es un día de picnic!». No pude evitarlo y pregunté. La respuesta me conmovió: «A mi hermana le gustaba la playa. Es nuestra forma de estar con ella hoy», dijo uno de sus hermanos.
El otro lado de la moneda
«No encuentro la tumba de mi padre», le dijo una mujer a uno de los representantes del cementerio.
Durante los siguientes minutos, tanto el personal como los familiares buscaron aquella sepultura que aún no tenía lápida.
Aquella escena me hizo ver que, así como hay tumbas engalanadas, también hay otras abandonadas. Flores marchitas, sepulturas sin lápida, sin césped. Algunas porque son recientes; otras, porque simplemente ya nadie las visita.
Los cánticos religiosos de la iglesia se escuchaban por los rincones del camposanto. Pero había otro ruido que se colaba: las voces de los comerciantes en las afueras del cementerio.
«Tenemos flores artificiales, naturales y molinos de colores, a solo tres y cinco dólares», anunciaban. No los juzgo. Es el panameño emprendedor rebuscando sus realitos.
Lo cierto es que este 2 de noviembre, cuando visitamos el lugar de descanso de aquellos que ya no están entre nosotros, los recuerdos se agolpan en nuestra memoria.
Nuestros corazones vuelven a latir con ese afán de querer tener un instante más para abrazar, besar, hablar y contemplar la risa de esa persona que jamás olvidaremos y que vivirá para siempre en nuestros corazones.