[Crónica] Jubilarse de vender paletas en las calles
- miércoles 15 de febrero de 2023 - 12:00 AM
Juan está orgulloso de su empleo. Apenas encuentra a alguien empieza a soltar la lengua. Habla de cuando era joven en su provincia natal, Coclé, trabajando en las compañías del área: la empresa lechera y la azucarera.
Juan ahora está terminando los sesentas y camina inclinado hacia un lado. Su piel oscura es testigo del sol que ha aguantado a lo largo de la vida.
Descansa y a su lado está el carrito de las paletas. Este no tiene tantos años de llevarlo de un sitio a otro, el anterior, dice, lo empujó veinte años desde Monte Oscuro hasta la calzada de Amador.
Juan dice que está jubilado gracias a la venta de paletas. Que la empresa donde laboró dos décadas le pagaba seguro sobre las ganancias. Su matemática es simple: me hacía 200 al día y me tocaban 40, de mi parte pagaba el Seguro Social y los descuentos.
Aquella empresa dice Juan que la vendieron a unos extranjeros.
A las diez u once de la mañana Juan dice que salía de Monte Oscuro con su carrito y lo empujaba hasta la calzada. ¿Cuántas horas bajo el inclemente sol en los meses de verano y a resguardarse de las lluvias en el invierno?
En ese tiempo no había Cinta Costera, dice, como resaltando que ahora con esa capa de cemento todo es más fácil.
Juan hace una pausa en el relato para despachar dos paletas, las mete entre las mallas de ciclón. ¿Tiene Yappy? Juan responde que sí, y dicta un número de celular de memoria. Está en el parque Miramar.
¿Tengo que ponerle algo a la transferencia? , pregunta el cliente que está sentado en la hierba de plástico del otro lado del ciclón.
No, dice Juan. Y tampoco pide que le muestren que la transferencia fue exitosa. Aquí vengo todos los días, la señora que cuida el parque me deja entrar y me quedo hasta las seis de la tarde, relata.
De la nueva empresa, en la que tiene menos de dos años, dice Juan que paga distinto. Acá es por comisión, te toca equis porcentaje, y no hay Seguro Social ni nada. Y dice que esta empresa también la vendieron a un grupo extranjero hace poco.
Por el parque Omar no va, recuerda, allá no dejan entrar a nadie que no sea de la empresa que tiene el permiso exclusivo para vender allá.
Juan sigue esperando los clientes sentado en una banca de concreto un rato más y luego se va empujando el carrito hacia la Iglesia de Lourdes, donde celebran la procesión de la patrona y la misa.
Le escucho el relato de vida de Juan. Y también lo escucho cuando lo vuelve a contar a otras personas en el parque tal como me lo contó a mí. Al final, Juan es vendedor, y un vendedor que no tenga el don de la palabra tendrá menos oportunidades a la hora de ofrecer los productos.