Antecedentes del carnaval de Panamá Segunda parte
- viernes 13 de febrero de 2026 - 12:00 AM
En los siglos XVII y XVIII, en la ciudad de Panamá, la tradición de las Carnestolendas o Mojigangas continuó. Cada región del interior se adaptó a la realidad del medio y, en especial, a la división de los partidos. Mientras tanto, las danzas de los negros esclavos se alzaban como agitadores dramas de sus historias y de la segregación racial. Se abría también otra vertiente desde las clases campesinas, herencia del resabio de la tradición española. Cada región interpretaba su música, bailes y dramas en la construcción de su identidad.
El recato siempre se vio dislocado por la pasión encendida del sentir popular; lo común y la expresión del populacho generaron constantes y fuertes reclamos entre las autoridades. Los jueces intentaron limitar las expresiones burlescas dirigidas a las propias autoridades, situación imposible de controlar.
Cuando no se asentía a las órdenes de moderar el lenguaje, en ocasiones vulgar, la administración de justicia también caía en esa misma costumbre y, entonces, aparecía la Iglesia para poner orden ante la incapacidad de la justicia ordinaria. En medio de esa realidad, y ante la falta de orden, la Iglesia entró en escena.
El suscrito Dr. Joseph Justo López Murillo, de la Iglesia Catedral, escribió lo siguiente: “A todos los fieles y cristianos de uno y otro sexo residentes en esta ciudad y en todos los demás lugares de este Obispado: salud en Nuestro Señor Jesucristo, que es la verdadera”
“Los bailes torpes, ilícitos y deshonestos que, por desgracia nuestra, se han introducido en nuestros tiempos, tan lejos están de recrear el ánimo y ser diversión pública, que más bien deben tenerse por enfermedades pestilentes, cuyo contagio no solo infecta los cuerpos, sino que trasciende hasta las almas. Por eso, vigorosamente declaman contra ellos los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, como vicio del que se originan la desenvoltura y la deshonestidad, y los condenan por pecaminosos. Los escándalos y, con ellos, la ruina espiritual; y aun los autores que califican los bailes por actos indiferentes excluyen aquellos en que notoriamente se descubre la desenvoltura y deshonestidad”. (Carta edicto sobre excomunión mayor contra ciertos bailes, 1776. Deán de la Iglesia Catedral, Examinador Sinodal, Consultor y Calificador del Santo Oficio. Revista Lotería, febrero de 1944, p. 21).
Fue singular el apremio de la Iglesia por desterrar los bailes no oficiales, a los que señalaba como incitadores de la lujuria y la indecencia, especialmente cuando temía que se propagaran durante las Carnestolendas o Mojigangas. Llegó el momento en que su asimilación fue literalmente frenada, aunque no erradicada por completo. Estos bailes “ilícitos” tenían curiosos nombres, tales como: Paradonde, Rendido, Jactancioso, Sasora, Perganviro, Bodega, Penillere y Paralao. Entonces, ¿dónde encontrar el origen de nuestros bailes regionales?
Una pista la presenta Ernesto J. Castillero. Esta vez, el autor se basa en otro documento fechado seis años antes, en 1770, siglo XVIII. Resulta curioso que el contenido esté fechado el 18 de mayo de ese año. Fue emitido por el Gobernador y Comandante General, quien ordenaba, so pena de excomunión, que nadie practicara los bailes descritos en el edicto del 18 de mayo. Según Castillero, “la descripción que hace el funcionario colonial se refiere a que el baile denominado bunde puede considerarse antecesor de nuestro tamborito”.
No se trata de un argumento que demuestre una verdad de carácter absoluto; es, sin lugar a duda, una hipótesis. El documento fue remitido al rey por el Gobernador General de Cartagena, donde el obispo prohibía, según su criterio, dichos bailes bajo amenaza de excomunión. El baile era conocido como fandango y, según se afirma, se ejecutaba “semejante a lo que se ejecuta en Vizcaya, Galicia y otras partes de los reinos, y lo bailan un hombre y una mujer” (Ernesto J. Castillero, Datos para los orígenes del tamborito, 1770, Revista Lotería, p. 25).
En tal situación, el Rey solicitó al obispo que precisara cuáles eran las características del fandango. Según Castillero, de la descripción puede deducirse que este baile podría ser antecedente del tamborito. La respuesta, mediante Real Cédula del 25 de octubre, expresa lo siguiente: “Se reduce a una rueda, la mitad de ella toda de hombres y la otra mitad toda de mujeres, en cuyo centro, al son de un tambor y el canto de varias coplas, a semejanza de lo que se ejecuta en Vizcaya, Galicia y otras partes de esos reinos, bailan un hombre y una mujer; se retiran a la rueda, ocupando con la separación apuntada el lugar que les toca, y así sucesivamente, alternándose, hasta que termina el baile; en lo cual no se encuentra circunstancia alguna torpe o deshonesta... ni el hombre toca, a la mujer ni las coplas son indecentes”.
El Rey, por Real Cédula, decidió que no se prohibiera el baile en festejos y diversiones públicas. Aún así, considero que faltan algunos documentos para declarar taxativamente este baile como antecedente del tamborito. La investigación continúa abierta, sin especulaciones y con la expectativa de mayor documentación.