- martes 27 de diciembre de 2011 - 12:00 AM
La vida no vale nada
El nivel de nuestro deterioro social es tal, que se hace más difícil encontrar en la calle un arma de fuego, que hallar por unos cuantos centavos al adolescente dispuesto a apretar el gatillo para matar a otro por encargo. A diario nuestra juventud se mata por cualquier tontería, lo que nos indica que precisamente los valores y principios inspirados en el respeto a la vida humana no encajan en la conciencia de las generaciones del futuro, pues dentro del mundo de dicha y felicidad material que los adultos forjamos pensando en las generaciones futuras, dejamos un espacio muy reducido para cultivar los asuntos del espíritu ni de la patria. A pocos seduce la idea de dedicar sus energías en actividades que disciplinan y tiemplan el carácter de los jóvenes, pues en definitiva; como el tiempo es escaso, no se puede desaprovechar.
Nuestros jóvenes rechazan la educación, pues le hemos enseñado a desconoce el valor del conocimiento; desatienden la salud, pues al final están convencidos ‘que de algo hay que morir’, y rechazan la solidaridad humana, porque ‘cada uno tiene que resolver sus problemas como sea’. Ya desapareció esa rebeldía juvenil que invitaba a construir un sociedad justa, desde el momento en que escapó de sus espíritus esa fuerza constructiva y promisoria, tomando importancia solo lo presente que prodiga el lujo y el placer.
No sabría decir cuándo ni por qué se inició este retroceso, pero siento que un vaho invisible contamina el ambiente del ‘mundo civilizado’, capaz de hacer de los jóvenes inexpertos sus principales víctimas. Las utopías de las sociedades igualitarias o individualistas, inspiradas ‘dizque’ en beneficio del y para el hombre, no han logrado dar un paso decidido en dirección al paraíso terrenal prometido, pues desconocen que el hombre quiere ser solo una criatura humana, con la habilidad de disfrutar el gozo íntimo de vivir en armonía con todo lo que le vive.
El mundo de comodidades y beneficios que orgullosamente hemos puesto a las manos de nuestros jóvenes, solo se puede sostener a fuerza de violencia, pues no hay fuerza capaz de lograr que las mayoras acepten resignadas que ‘a unos le falte todo, y que a otros le sobre de todo’. No debe sorprendernos pues que los jóvenes sean capaces de perder la vida o quitarla sin sonrojo, pues al final la vida ajena y la propia ocupan el sitio subalterno en el que todos la colocamos, sin darnos cuenta.
EL AUTOR ES ABOGADO