¿Trabajamos más y por qué vivimos con menos?

  • domingo 26 de julio de 2026 - 12:00 AM

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega El Siglo en Google ↗️

En nuestros recorridos por el país, por las montañas y costas de Colón, el norte y sur de Veraguas, Darién, Los Santos y también en los barrios de la capital, hay una pregunta que se repite una y otra vez: “trabajamos más y ¿por qué vivimos con menos?”; nace alrededor de la mesa familiar, bajo la sombra de un árbol de corotú o mientras se comparte una taza de café con quienes nos abren las puertas de su hogar.

La conversación casi siempre termina igual. Cuando llega el momento de pagar en el supermercado, muchas familias deben devolver un producto porque el dinero ya no alcanza; miran a sus hijos y se preguntan cómo harán para cubrir los gastos de la escuela, la luz, el agua o los medicamentos. Entonces surge una pregunta: ¿cómo es posible que trabajemos cada día más y, aun así, sintamos que vivimos con menos tranquilidad?

No se trata únicamente del dinero, se trata de la incertidumbre. Durante años aprendimos que el trabajo era el camino para salir adelante; nuestros padres y abuelos nos enseñaron que el esfuerzo abría oportunidades, permitía construir un hogar y ofrecía la esperanza de un futuro mejor. Hoy esa certeza empieza a debilitarse.

El costo de la vida aumenta más rápido que los ingresos de las familias y el problema no es solo cuánto se gana, sino ¿qué tanto alcanza ese ingreso para vivir con dignidad?

Ese sentimiento no distingue ideologías, profesiones ni regiones, lo vive el productor que siembra, la enfermera que trabaja de noche, el conductor atrapado por horas en el tráfico, el maestro que forma a nuestros hijos, el pequeño comerciante que lucha por mantener abierto su negocio y el joven que, todavía espera una oportunidad para demostrar lo que vale.

Cuando una sociedad siente que el esfuerzo deja de ser suficiente, se afecta la economía, se debilitan la esperanza, la confianza y la convicción de que el futuro puede ser mejor; y cuando esa esperanza comienza a perderse, la frustración ocupa su lugar. El mayor desafío de Panamá no es crecer más, es lograr que ese crecimiento llegue a la mesa de las familias, ese es el verdadero compromiso que tenemos todos.

En nuestros recorridos por el país, por las montañas y costas de Colón, el norte y sur de Veraguas, Darién, Los Santos y también en los barrios de la capital, hay una pregunta que se repite una y otra vez: “trabajamos más y ¿por qué vivimos con menos?”; nace alrededor de la mesa familiar, bajo la sombra de un árbol de corotú o mientras se comparte una taza de café con quienes nos abren las puertas de su hogar.

La conversación casi siempre termina igual. Cuando llega el momento de pagar en el supermercado, muchas familias deben devolver un producto porque el dinero ya no alcanza; miran a sus hijos y se preguntan cómo harán para cubrir los gastos de la escuela, la luz, el agua o los medicamentos. Entonces surge una pregunta: ¿cómo es posible que trabajemos cada día más y, aun así, sintamos que vivimos con menos tranquilidad?

No se trata únicamente del dinero, se trata de la incertidumbre. Durante años aprendimos que el trabajo era el camino para salir adelante; nuestros padres y abuelos nos enseñaron que el esfuerzo abría oportunidades, permitía construir un hogar y ofrecía la esperanza de un futuro mejor. Hoy esa certeza empieza a debilitarse.

El costo de la vida aumenta más rápido que los ingresos de las familias y el problema no es solo cuánto se gana, sino ¿qué tanto alcanza ese ingreso para vivir con dignidad?

Ese sentimiento no distingue ideologías, profesiones ni regiones, lo vive el productor que siembra, la enfermera que trabaja de noche, el conductor atrapado por horas en el tráfico, el maestro que forma a nuestros hijos, el pequeño comerciante que lucha por mantener abierto su negocio y el joven que, todavía espera una oportunidad para demostrar lo que vale.

Cuando una sociedad siente que el esfuerzo deja de ser suficiente, se afecta la economía, se debilitan la esperanza, la confianza y la convicción de que el futuro puede ser mejor; y cuando esa esperanza comienza a perderse, la frustración ocupa su lugar. El mayor desafío de Panamá no es crecer más, es lograr que ese crecimiento llegue a la mesa de las familias, ese es el verdadero compromiso que tenemos todos.

Excandid presidencial

El costo de la vida aumenta más rápido que los ingresos de las familias y el problema no es solo cuánto se gana, sino ¿qué tanto alcanza ese ingreso para vivir con dignidad?