• jueves 30 de mayo de 2019 - 12:00 AM

Somos pocos, ¿o muchos?

En el país de la inercia, ¿qué importa que integremos un millón de personas más?

No hay relación causa-efecto con el Carnaval: en este Valle de Lágrimas, y también de alegrías, completamos 4,2 millones de habitantes humanos, incluidos foráneos. Si sumamos, restamos, multiplicamos y dividimos, esa cifra mágica de los 4,2 millones es la presente. La población de un barrio de México DF o Sao Paulo.

Supongamos que hubo un atraso, y, como en un letrero de neón gigante, en la Cinta Costera (mayúscula, porque es nombre propio), la exhibimos, como saludo al periodo cuaresmal: Somos 4,2 millones, y punto.

En el país de la inercia, ¿qué importa que integremos un millón de personas más? La última vez que se celebró un número de esta naturaleza le ofrecieron el oro, terrenos y el moro a un bebé, El bebé millón, ¿Cándido Aizprúa?, y ya han transcurrido 60 años, y aún no hay autoridad que haya cumplido con aquella hemorragia de promesas. Si ni la Constitución se cumple.

Más de la mitad de los 4,2 millones corresponde a personas hasta los 30 años. El 8% es de parroquianos con más de 65 años. Se calcula que un par de miles puede acreditar que nació hace más de 90 años.

Un país con población joven, que no anda apurado en aumentar los números, pues es bajo el índice de natalidad. El 35%, no obstante, es menor de 18 años. Un índice bastante alto.

Estamos en el promedio latinoamericano de acceso a internet, 45%, lo que representa que casi la mitad de esos 4,2 millones se beneficia de las nuevas tecnologías de la información y el conocimiento.

Esas tecnologías muestran cada vez más la grave inequidad de un país que podría alimentar hasta 15 millones de personas, pues su territorio no es tan precario. Se calcula que 1,200,000 viven en situaciones de pobreza y miseria. Recursos no son suficientes para cerrar esas brechas.

PERIODISTA, FILÓLOGO, PROFESOR