• jueves 28 de abril de 2011 - 12:00 AM

Síndrome del PPD

Una enfermedad recorre la psiquis de la gente con mando y jurisdicción para derribar edificios: el SPPD (Síndrome del Pospreludio de la ...

Una enfermedad recorre la psiquis de la gente con mando y jurisdicción para derribar edificios: el SPPD (Síndrome del Pospreludio de la Destrucción). No existe ninguna compasión con aquellos testigos o protagonistas de determinados predios metropolitanos ni con las historias que ellos guardan.

Se quiere borrar cualquier vestigio de civilización en estos pagos, como si nos repugnarán las huellas y las vivencias de esta época y se quiera impedir la labor de los arqueólogos, de tal forma que concluyan que en determinados periodos, en este territorio no sucedió nada o responsabilicen esa inexistencia a un terremoto sumado a maremoto o a una guerra nuclear o bacteriológica.

Aquí no hubo nada. Tierra arrasada. El no de la historia. La historia del no. Los panameños de esas épocas fueron nulidades.

No tuvieron memoria. Allá ellos.

La destrucción del edificio donde funcionó durante décadas la Embajada de Estados Unidos, vecina del Hospital Santo Tomás, es el nuevo blanco del SPPD, que, cual plaga de langostas, se ha devorado edificaciones de valor socio-histórico de Calidonia, Bella Vista y San Francisco, sin que se haya podido frenar tal voracidad.

Derriba y que nada quede, es la consigna de los jinetes de la destrucción. Aquí no ha funcionado nada; y si algo existió, fue un espejismo.

En el siglo XX, Panamá vivió el periodo de congelamiento glacial del sueño eterno. Emergió en el XXI con sus rascacielos. Queda prohibido preguntar qué pasó en el siglo XX, so pena de empezar la hazaña predadora con los vestigios de los siglos XVII, XVIII y XIX. Los reflectores se enfocan hacia ellos.

De un hilo penden las declaratorias de patrimonio de la humanidad concedidas a los conjuntos monumentales de San Felipe y de Panamá la Vieja. En ambos están en peligro sus características originales y las propias edificaciones. La carretera que la atraviesa hamaquea a diario las arquitecturas de Panamá la Vieja.

Sin que a la autoridad le importe, en cualquier momento es revocada esa distinción a nuestra historia, al urbanismo, a la arquitectura y a la cultura, acción y creatividad de nuestros antepasados.

La ambición y la codicia atropellan nuestra historia; borran las raíces patrias, como si hubiese llegado el momento de aborrecerlas para siempre. La historia no es negocio. No se come historia. No tenemos pasado. No nos importa. Viva el progreso. Es el Síndrome del Pospreludio de la Destrucción.

EL AUTOR ES PERIODISTA Y CATEDRÁTICO UNIVERSITARIO.