Hay quienes llegan al poder por elección, designación o por el dedo providencial de alguna autoridad y sufren una curiosa metamorfosis: confunden el cargo con liderazgo y la autoridad temporal con superioridad moral.
Pero conviene recordar una verdad elemental: las elecciones eligen autoridades, no fabrican líderes. Las urnas pueden otorgar votos, legitimidad y un despacho; jamás conceden autoridad moral, prudencia, grandeza ni capacidad para conducir seres humanos. Eso se conquista con la conducta.
El problema comienza cuando algunos elegidos se sienten semidioses. Se rodean de aduladores, premian obediencias y convierten la administración en botín político. Experiencia, competencia y eficiencia dejan de importar; el nuevo mérito consiste en pertenecer al círculo de los leales.
Peor aún: ganar no les basta. Necesitan saber quién no votó por ellos. Investigan, señalan, hostigan y pretenden desterrar del territorio conquistado a quien cometió el imperdonable pecado de pensar diferente.
Eso no es liderazgo. Es inseguridad revestida de poder y autoritarismo legitimado por votos.
Y resulta grotesco en una universidad, cuya esencia es precisamente enseñar a pensar, disentir y cuestionar.
He visto desfilar poderosos circunstanciales convencidos de ser indispensables. Todos descubrieron, tarde o temprano, una ley inexorable: llegan el último día, la última firma la última llamada y al olvido perpetuo.
Porque ganar una elección puede convertirte en autoridad; jamás, automáticamente, en líder.
El cargo tiene fecha de vencimiento. El liderazgo verdadero, en cambio, sobrevive al cargo.