• jueves 15 de octubre de 2026 - 9:33 AM

Seis peldaños y la vida por delante

Sería injusto, sin embargo, recordar únicamente las manos que empujaron.

La vida es una escalera. Cada peldaño representa una década y nadie conoce, al comenzar, cuántos tendrá la suya.

Algunos imaginamos ocho; al noveno lo llamamos bendición, y al décimo llegan unos pocos que quizá ya conversan con el tiempo de igual a igual.

Ahora que alcancé el sexto escalón, me detengo a mirar hacia atrás. Desde aquí descubro cuánto costó llegar a lugares que hoy parecen cercanos. Hubo subidas con los bolsillos vacíos, noches en las que el miedo pesaba más que el cuerpo y sacrificios que nadie vio porque ocurrieron lejos de los aplausos. A veces, para avanzar un paso, tuve que despedirme de algo que quería llevar conmigo.

También hubo metas alcanzadas, alegrías que todavía me alumbran y sueños que llegaron con retraso, como si vinieran en transporte público. Aprendí que la perseverancia tiene poco de ceremonia y mucho de levantarse cansado y cumplir de todos modos.

En el recorrido conocí de todo. Personas que intentaron bajarme, otras que sacudieron la escalera y algunas que quisieron derribarla. Tampoco faltaron quienes me distrajeron con discusiones inútiles mientras se me iba la tarde. Hay gente con una vocación admirable para dirigir vidas ajenas, aunque la propia siga esperando instrucciones.

Sería injusto, sin embargo, recordar únicamente las manos que empujaron.

Hubo quienes, desde un peldaño más alto, se inclinaron para ayudarme. Otros sostuvieron la escalera cuando temblaban mis fuerzas. Algunos creyeron en mí durante temporadas en las que yo mismo tenía mis reservas. Su generosidad forma parte de cuanto he alcanzado. Desde este sexto escalón también se ven sus nombres.

Y se ven mis errores. Porque sería cómodo atribuir cada tropiezo a una conspiración del vecindario. A veces fui yo quien pisó mal, quien confundió orgullo con firmeza o insistió en subir cargando cosas que debió soltar mucho antes. Los años sirven de poco si uno solamente los acumula.

Miro ahora los peldaños que faltan. Me ilusionan y me imponen respeto. Quiero seguir aprendiendo, cumplir proyectos, conocer otros paisajes y conservar la curiosidad. Quiero cuidar la salud y escoger mejor dónde gasto mis fuerzas. A estas alturas, pelear por cualquier cosa resulta una forma demasiado costosa de desperdiciar la vida.

Pienso, sobre todo, en mi familia y en quienes me aprecian. En las veces que necesitan mi presencia más que mis consejos. En los abrazos que conviene dar hoy, las palabras que pueden aliviar una pena y el ejemplo que dejamos incluso cuando creemos que nadie nos observa. Deseo que mis logros les den alegría, pero también que mi manera de vivir les deje algo bueno para sus propios caminos.

Siempre habrá alguien que cuente la historia de mi ascenso. La versión dependerá del narrador, de su memoria y, en ciertos casos, del tamaño de su resentimiento. Tampoco puedo pasar los años que me quedan corrigiendo biografías de pasillo.

Tengo una escalera por seguir subiendo.Y mientras me alcancen las fuerzas, procuraré avanzar con gratitud, disfrutar el paisaje y tender la mano. Me gustaría que, cuando alguien recuerde mi paso, pueda decir que cerca de mí encontró un poco de ánimo, un lugar seguro o una razón para continuar.

Profesor