- lunes 21 de diciembre de 2020 - 5:57 AM
Mis recuerdos del 20 de diciembre
Siempre recordaré el momento que estalló la primera bomba esa noche sobre el populoso barrio de El Chorrillo; era la denominada Operación Causa Justa. Este barrio desapareció entre las llamas que arrasó con sus casas de madera. Esta área ardió con las detonaciones, utilizaron artillería potente y estruendosa, que todo lo destruyó. El ruido de las explosiones despertó a todos.
Para ese entonces vivía en Patio Pinel, en el piso N°15, con mi madre de 56 años y una sobrina de 14.
Sentí cada detonación de las bombas, una explosión tras otra. Venía a mi mente porque tanta furia contra un pueblo, si solo buscaban a un hombre, no era justo que por él pagaran todos.
No sé en qué momento nos quedamos dormidas. Mi madre se dedicó a pensar en toda su familia sobre todo en mi padre que vive en Chame y mi sobrina adolescente, pero con un criterio claro de la situación, muy analítica, nunca mostró miedo. Una vez me dijo que sintió pena por los familiares de los fallecidos, curiosidad por los que estaban en el “saqueo” y nostalgia porque deseaba estar en Chame.
Algo que me llamó poderosamente la atención de este ataque al país fue la indiferencia ante tal acontecimiento de algunos que se dedicaron al saqueo y otros se abastecían de todo lo relacionado a la Navidad. Una vecina le ofreció a mi mamá comprarle el pavo y las frutas. Sinceramente nosotras no teníamos ánimo para nada de esos abarrotes.
Nunca olvidaré que le decía a mi madre “no le compres nada a nadie por muy barato que fuera”.
Vimos todo tipo de mercancía pasar por nuestro piso, desde zapatillas de marca, hasta lavadora y refrigeradoras. Personas con estos artefactos sobre sus hombros.
Nuestra mayor preocupación era saber cómo estaba mi papá en Chame, pero nos confortaba que en mi pueblo nadie se muere de hambre; siempre hay personas solidarias que ayudan…después nos dijo que el preocupado era él por la cercanía de nuestro edificio al Cuartel Central de las extintas Fuerzas de Defensas.
Sin embargo, mi instinto periodístico no me dejaba en paz, y decidí pedirle permiso al vecino para ver cómo había quedado el cuartel y el barrio; asimismo aprovechar para tomar unas fotos. Cuando ya iba por la tercera foto, de arriba del edificio, alguien me decía con un altavoz: “no tomar fotografía, por favorrr retirarse del balcón”. Por supuesto que sentí temor y pena con el vecino que vinieran a su apartamento y le hicieran algo, pensando que éramos unos espías. Aunque sentí satisfacción al lograr las fotos de ese lugar entre las llamas.
Aunque mi vecino era cómplice de mis andanzas periodísticas, no volví donde él y sólo le decía que se asomara al balcón y viera si estaban arriba.
A medida que pasaba el tiempo, la tensión fue bajando y cuando se normalizaron las cosas, hablé con uno de mis profesores de periodismo y le conté de mis fotografías, pero que yo sentía temor porque los gringos me vieron; y muy enfático me dijo que ellos no me podían hacer nada, “revela tus fotos”, concluyó.
Y así fue. Nunca hice nada con ellas, solo en mis redes y la satisfacción de haberlas tomado.
La invasión del 20 de diciembre de 1989 fue un trágico evento que nos marcó para siempre; pero que, en medio de las adversidades, algunos tenían ánimo para planear su fiesta navideña, con pavo, jamón y frutas.
Hoy día, todavía no está claro cuántas personas inocentes murieron en esta invasión, denominada “Causa Justa”, declarada como día de duelo nacional.
La autora es Periodista