- jueves 20 de agosto de 2026 - 10:28 AM
Panamá, el país que negocia para existir
Hay países que existen por su territorio, su ejército o su población. Panamá existe, en buena medida, por su capacidad de negociar. Desde 1903 hemos discutido con potencias mucho más grandes el control de nuestro propio territorio, y en cada mesa ganamos más por argumento que por fuerza. Esa herencia se conmemora cada 20 de agosto, natalicio de Ricardo J. Alfaro, reconocido como el padre de la diplomacia panameña.
Su ejemplo contradice una idea muy extendida sobre cómo se forma un diplomático. Alfaro no estudió Relaciones Internacionales, disciplina que en su época ni existía como carrera; estudió Derecho, y se hizo diplomático ejerciendo. Fue canciller, presidente de la República, embajador ante Washington y presidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. A él le debemos buena parte del prestigio jurídico con el que Panamá llegó a las negociaciones que, décadas después, devolvieron el Canal a manos panameñas.
Su trayectoria plantea una pregunta vigente: ¿quién puede llamarse diplomático hoy?
En sentido estricto, solo quien tiene acreditación oficial, con las inmunidades de la Convención de Viena de 1961, ampliada en 1975 para la representación ante organismos internacionales. En sentido amplio, se habla también de diplomacia empresarial, académica o paralela para nombrar esa misma función cuando la ejerce alguien sin credencial oficial.
Panamá vive de ambas: diplomáticos de carrera formados por concurso, y Licenciados en Relaciones Internacionales negociando inversión extranjera, en organismos financieros multilaterales, en la Autoridad del Canal, con un peso geopolítico similar al de cualquier nota diplomática formal. Reconocer esa doble realidad no debilita a la carrera, la fortalece, siempre que el Estado profesionalice ese ejercicio disperso y dé a esos profesionales un marco legal claro, algo que hoy sigue pendiente.
El oficio, además, no se ha quedado quieto. Ser diplomático en 2026 exige negociación multilateral, lectura constante de marcos jurídicos cambiantes y capacidad de evaluar riesgo geopolítico casi en tiempo real, en un entorno donde una publicación mal interpretada en redes sociales puede generar una crisis antes de que exista una nota oficial.
Se suma una agenda técnica clima, ciberseguridad, cadenas de suministro, migración, finanzas internacionales en la que Panamá, por su Canal, su plaza bancaria y su posición en la ruta del Darién, no puede quedarse al margen. Y pesa el desgaste de las instituciones multilaterales: para un país que ha usado el derecho internacional como escudo frente a los más poderosos, ese deterioro afecta el margen real de nuestra soberanía.
Lo que no ha cambiado desde los tiempos de Alfaro es la esencia del oficio: encontrar un lenguaje común donde antes solo había desconfianza, y convertir la posición del otro en algo con lo que se puede trabajar. Esa capacidad no depende del título colgado en la pared, depende de la formación y el criterio de quien la ejerce.
Panamá seguirá siendo, por geografía e historia, un país obligado a negociar su lugar en el mundo. Que lo haga bien, dentro y fuera de la Cancillería, dependerá de cuánto sigamos invirtiendo en formar y reconocer a quienes ejercen ese oficio, con o sin pasaporte diplomático. Vaya en esta fecha un reconocimiento a todos ellos, herederos de la lección que Alfaro dejó hace un siglo: que en un país como el nuestro, la diplomacia siempre fue más ancha que el edificio que la alberga.
Ingeniero industrial, abogado y licenciado en relaciones internacionales