- domingo 05 de julio de 2026 - 12:00 AM
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Agrega El Siglo en Google ↗️Hay docentes que enseñan una asignatura, y hay otros que sin saberlo, enseñan a vivir. En mi paso por el Instituto Nacional tuve el privilegio de conocer a una de ellas, la profesora de Español Amelia Acuña de Pérez.
Ella no se limitaba a explicar un libro en sus clases de Literatura Universal, lo vivía. Narraba cada historia con tanta pasión que lograba transportarnos a otra época. Caminábamos con los personajes, compartíamos sus alegrías, sufríamos sus dolores y aprendíamos, casi sin darnos cuenta, las lecciones que escondía cada página.
Recuerdo especialmente tres obras que marcaron nuestra adolescencia: El Principito, La cabaña del tío Tom y Las aventuras de Tom Sawyer. En aquel momento quizá no comprendíamos toda la profundidad de sus mensajes, pero la profesora sembró en nosotros una semilla que el tiempo nunca pudo borrar.
Hace unos días, mientras buscaba unos documentos en mi biblioteca, encontré aquellos viejos ejemplares. Los abrí con la curiosidad y confirmé una verdad sencilla: lo que se aprende con el corazón permanece para siempre.
El Principito me recordó que lo verdaderamente importante no siempre se ve con los ojos. Tom Sawyer volvió a enseñarme que la curiosidad, la imaginación y la libertad son motores del crecimiento. La cabaña del tío Tom reafirmó que la dignidad humana no tiene precio y que ninguna sociedad puede llamarse justa cuando olvida el valor de las personas.
Vivimos en una época en la que con frecuencia se confunde el éxito con el poder, la fama o el dinero. Sin embargo, esos viejos libros siguen recordándonos que la honestidad, la palabra cumplida, la solidaridad y el respeto son los cimientos sobre los que se construyen las familias, las instituciones y los países.
Con los años olvidamos fórmulas, fechas y hasta nombres de muchas materias, pero nunca olvidamos a ese maestro que despertó nuestra imaginación, ni al libro que cambió nuestra manera de entender la vida.
Hoy comprendí que aquellos ejemplares nunca estuvieron guardados en mi biblioteca; han permanecido abiertos en mi conciencia durante décadas. Ese fue el mayor legado de la profesora Amelia Acuña de Pérez: enseñarnos que la literatura no solo forma lectores, forma seres humanos.